17/12/15

A MENOS VEINTICINCO

Por fin tengo algo bueno que contar de La Celi, y no hablo de esa constante estimulación de la creatividad para atajar todas las cortapisas que supone ser celiaco, no no; que esa constante estimulación tiene más de forzado sexo anal que de maravillosa experiencia, no se me vayan a confundir con mis disfrutes, que por mí, La Celi se podía haber ahorrado venir a mi vida para estimularme tanto, y ya me hubiera dedicado yo a estudiar la teoría de cuerdas de la física cuántica o alguna otra cosilla ligera por el estilo.
Pero por primera vez, La Celi me ha dado algo de valor en un asunto musical que me tenía muy preocupada.

Cómo todo hijo de vecino, tengo en mis haberes gustos musicales muy eclécticos que he ido adquiriendo a golpe familia, pareja, amigos, trabajo, redes sociales, salto de mata y misceláneas varias. Pero mi última adquisición me tenía muy reketepreocupada.

En mi largo periplo por géneros, compases y ritmos degenerados, pasé de, cantar adolescentemente a Los Chichos cómo si me fuera arrancar el alma en cada estrofa, a silbar con maestría a Coltrane o Los Conciertos de Brandemburgo paladeando cada nota, acorde...
Por el camino tuve aventuras ilícitas con artistas de dudosa catadura, cuyo nombre no recuerdo porque eran flor de un día. ¡Vale, a un par de ellos si los recuerdo! Y si, sigo queriendo a Camela y al Fary. De tarde en tarde, después de asegurarme que tengo el Spotify en sesión muy privada privadisima, me pongo un par de canciones y hasta fantaseo que, lo mismo que los hipsters rescataron a Raphael, algún día, quizás, rescaten al menos a El Fary; una vez un fan me permitió ver levantado en 3D Farylandia y los niveles de lisergia alcanzados fueron cuantiosos ¡No podemos dejar que eso se pierda!

Ha habido dos amores musicales en mi vida: el jazz y el rap.
Tuve un largo e intenso romance con el Jazz ¡Pero de los romances chicharreros grandes y duraderos! Que me enchufaba yo a Charlie Parker el uno de Febrero (a 8 horas diarias), y lo quitaba el 5 de Agosto para seguir con A Love Supreme hasta finales de año y en el mismo número de horas. Y así me iba yo merendando saxos año tras año.
Y aunque fue un amor largo, denso y pasional, ahora sólo nos vemos en ocasiones especiales; el espacio dónde nos encontrábamos desapareció hace tiempo y nos cuesta hallar un lugar para reunirnos.

Con el rap también tuve durante años un intenso affaire en el trabajo ¡La típica cana al aíre que se echa en tu entorno laboral! No me gustaba ni atraía nada, pero trabajaba en una empresa en dónde al llegar controlaba el hilo musical de la oficina, pero a la media hora de mis más escogidas piezas de jazz (¿A quién no le gusta Stan Getz? ¡Eso sólo puede suceder si no tienes corazón!), me lo capaban diciendo que ya era suficiente de música de negros que se mueren soplando, y a todo volumen entraban aquellos raperos con voz de mata madres rajando tímpanos. Y en fin y tal, lo uno llevo a lo otro, lo otro a lo uno, y sin darnos cuenta fue surgiendo el amor y nos acabamos liando.
Siempre supe que era un amor pasajero, pero fruto de aquella relación, rapeo yo a Doctor Dre, los Violadores del Verso o a la Mala Rodriguez con un arte que quita er sentío.

Mi inmensa promiscuidad musical me ha hecho picotear en muchos terrenos y muy variados, pero ha habido uno que siempre me fue ajeno: el reguetón. Qué no digo yo que no tenga su “aquello”, pero siempre me produjo una cierta desazón inexplicable.
Pero oye, que hace unos meses empecé a tararear a Juan Magan, Paulina Rubio y Dasoul. De mano le eché la culpa al runrún machacón de los medios con ciertos artistas, luego me reprendí por llevar las barreras intelectuales bajadas ante esos ataques rítmicos, pero nada; era sonar por cualquier lado el “Vuelve” y me enganchaba yo a berrear con el Magan y su panda y a bailar y disfrutar cómo si el apocalipsis fuera mañana a las tres menos veinticinco. Luego, llena de vergüenza, me justificaba diciendo que, lo que me pasaba era que necesitaba hacer ejercicio, y mi cuerpo me lo comunicaba de esa manera.
Seguí justificando mi nueva perversión hasta que hace una semana me vi guardando en el Spotify el álbum de Juan Magan y Paulina Rubio, y claro, ahí ya tuve que tomar cartas en el asunto porque los álbumes de la Holliday, Coltrane, Cohen y otra serie de Grandes Señores/as del asunto musical me miraron torcido de verse compartiendo espacio con esa gente. ¡Así que llame a La Celi!
- Oye tú - le dije muy sería y circunspecta - ¿Has andado toqueteando en mi química cerebral? - y cómo la conozco y sé que es de natural tocapelotas y revuelve en todos mis adentros, añadí – Ya sabes que tenemos firmada una tensa tregua en nuestra relación, y que cualquier cambio me lo tienes que comunicar.
- ¿Qué pasa? - preguntó ella muy críptica
- Pues pasa que ahora me tira el reguetón ¡Y eso si que no! ¡Reguetón y Cohello jamás! ¿Es cosa tuya?
- Ah eso - me responde así cómo muy conciliadora ella, y cruzando los brazos sentencia - ¡Me gusta el reguetón! Me pone de buen humor. Ea
De mano me cabreó mucho (es algo muy traumático vivir estas experiencias), pero ya luego respiré tranquila porque me sentí aliviada y tal. Qué no sabía yo cómo digerir esa nueva afición al reguetón (¡Qué pasaba unas vergüenzas muy grandes!), pero si es cosa de La Celi es diferente, que yo no tengo la culpa de que sus gustos sean tan así de esa manera, además, seguro que es una etapa pasajera adolescente, y mientras le controle el gluten y no le de por ponerse un piercing en el ombligo, no hay de que preocuparse.


Por una vez en nuestra tortuosa relación me sirve para algo útil La Celi, y recomiendo que si alguno de ustedes tiene un dolencia con personalidad propia, procure adjudicarle todos los gustos que sean de dudosa reputación.

14/12/15

HOMENAJE A UN SABOR CAÍDO POR EL GLUTEN

Soy celiaca desde hace unos años y a mi celiaquía la trato de tú; yo la llamo La Celi, y si bien empezamos nuestra relación cómo acerrimas enemigas, con los años e intensas negociaciones, hemos llegado a una delicada y tensa tregua en donde casi todos los días hay renegociaciones y claudicaciones nuevas. Algunas veces la tregua se rompe y me suele salir caro.
Podría decirse que considero a La Celi una amiga impuesta, cuya personalidad no me gusta un pelo y con la que me veo abocada a entenderme. Y fíjense que la llamo amiga a pesar de todo, y es que, si va a vivir conmigo y me la voy a tener que llevar a todos lados (algunos bastante íntimos) creo que será más rentable tenerla de mi lado que contra mí; es una cuestión de minimizar el desgaste lo máximo posible (¡Y La Celi sabe de desgastes!)

Hoy estaba comprando en el supermercado ese de “Allíhaydetodoparalosceliacos” y mientras rebuscaba el sello del “sin gluten” o advertencias de trazas en los pimentones picantes - los señores que hacen el etiquetado alimentario son extraterrestres y tienen a los humanos por seres con superpoderes de visión - un retazo de olor a pimentón me traslado a mi infancia entre los pucheros de mi abuela, sentada al lado de la cocina de carbón, cenando sopas de ajo inundadas de pimentón, ajos fritos, huevo y trozos de ese denso pan de pueblo con el que podrías levantar una muralla defensiva si fuera menester. Y estaba yo ahí, abstraída con mi recuerdo, tan ricamente, preguntándome por qué no hacía sopas de ajo nunca, y en ese momento, oí el sonido de disco rallado que precede a la aparición de La Celi cuando hay que renegociar los tratados de nuestra tregua.
- Vengo a informarte - dijo La Celi muy diplomática - que de entre tus posesiones, me voy a quedar con casi todos aquellos sabores que están ligados a los recuerdos de tu infancia. Por supuesto - señaló con corrección - las sopas de ajo, joya de tu paladar infantil, y que tan trenzado está al cariño de tu abuela con los cinco sentidos de tu cuerpo, pasan a ser territorio vedado para ti a nivel degustación.
- Existen muchos panes sin gluten - le respondí intentando aparentar un optimismo aceptable - aún no hace falta sacrificar nada - pero lo decía sabiendo que en el miserable poker del gluten, La Celi siempre lleva escalera de color, y claro, con esas cartas se traga mal los faroles y le gano pocas veces.

De entre las muchas claudicaciones y cesiones que he hecho, ha sido la primera vez que soy consciente que, muchos de los sabores de mi infancia no podré volver a experimentarlos tal cómo están en mi memoria; nunca más volveré durante unos segundos al territorio de mi niñez a través de ciertas comidas ¡Y lo acepto! Pero no volver nunca a esas sopas de ajo con el macizo pan de pueblo, me ha supuesto una perdida de las que duelen un poco.
¡Ja´puta La Celi!

HOMENAJE A UN SABOR CAIDO POR EL GLUTEN
Sopa de ajos de mi abuela:
-Un puñain de ajos (mi abuela era asturiana y cómo cualquier abuela medía a su bola)
-Dos cucharines de pimentón
-Un huevo
-Aceite, sal y agua
-Pan recio (de trigo), a ser posible del día anterior.
Se sofrien los ajos con el pimentón en una sartén, se echan al agua y cuando hierva se casca el huevo y se menea el agua para que se hilache, inmediatamente se le añaden los trozos de pan cortados en laminas pequeñas y gordas, se deja hervir 5 minutos, y se pone a reposar una hora que el pan se vaya bebiendo la sopa antes de servirla.


¿A qué todos los celiacos saben por qué esta sopa no es adaptable ni lejanamente?

5/12/15

CONSIDERACIONES CELIACAS LITERARIAS

Hace tiempo que no me pasa ningún incidente celiaco, y es que esta temporada ni siquiera me dicen eso tan bonito de “en el Mercadona hay de todo para celiacos”. Voy a tener que tomar cartas en el asunto porque esto puede acabar con mi carrera de celiacoarticulista. Así que, por favor, todos los implicados en mi vida literaria del género celiaco, les ruego lean mis peticiones y se hagan cargo de mi gran drama.

Petición a mis médicos:
Queridos médicos de mis entretelas e intolerancias, desde hace un tiempo vienen siendo ustedes muy profesionales y diligentes, ya no se equivocan dándome medicamentos con gluten, es más, he visto perder a una doctora media hora con el Vademecum para asegurarse, y hasta hubo uno que me preguntó por el tipo de Marsh que me dio la biopsia al tiempo que me explicaba el gran problema que son las trazas para los celiacos ¿Pero esto qué es? ¿Cómo voy a escribir chascarrillos sobre celiacos si son ustedes tan eficientes? Un poquito de compasión por favor, al menos un decirme que soy poco celiaca, o que la dieta paleozoica me curará, no sé ¡Pónganle imaginación, cualquier disparate vale para un celiaco!

Petición a mi familia:
Querida familia de mi orbe familiar, lleváis una racha muy mala conmigo; me tenéis cerveza y latas sin gluten en vuestras casas, cuando hacemos reuniones buscáis alimentos que pueda comer y me consultáis cómo hacerlo, y ante la duda me dejáis que yo lo cocine ¡Y hasta os acordáis de traerme mis birras en las reuniones!, no ponéis ninguna pega cuando digo “¡Pan sin gluten para todos!” y si hay pan glutanero me sentáis en la cabecera de la mesa y tenéis cuidado con las migas. Y en el colmo de los colmos, cuando me preguntáis si puedo comer algún preparado en especial y digo que no, no me insistís ¡Ni siquiera me decís eso de “por un poquito no pasa nada”!

Petición a mis amigos:
Queridos amigos de mi galaxia amiguil, con vosotros estoy tan decepcionada cómo con mi familia, os empeñáis en tenerme cerveza sin gluten en vuestra casa, en guardarme un sitio en la mesa alejado y cocinar cosas que se coman sin pan cuando voy yo a comer. Y por si fuera poco, si vamos a comer fuera, me dejáis elegir dónde y no replicáis cuando pido pan sin gluten para todos. De acuerdo que vosotros nunca me habéis generado mucha producción literaria (sois demasiados considerados y así no hay manera), pero por el bien de nuestra amistad, a ver si nos esforzamos un poquito más.

Petición a los charcuteros:
Queridos charcuteros del mundo chacineril, aunque era vegetariana antes de que llegara mi amiga la Celi a mi vida, pues ya no lo soy. Aún recuerdo cuando iba a vosotros y me ponías caras raras cuando os daba la chicharrera con los ingredientes, decía lo del cuchillo limpio o que os cambiarais los guantes. Pero es que llevamos una temporadita que es verme entrar y me ponéis al día del nuevo salchichón sin gluten que ha llegado mientras os cambiáis los guantes y limpiáis el cuchillo.

Petición a los camareros:
Queridos camareros de la heroica aventura celiaca de comer fuera. Vosotros, que tanto arte habéis generado en mi pluma, que sois fuente infinita de surrealismos de alto nivel y con los que siempre podemos contar para llevarnos nuestra poquita de frustración. Vosotros, que sois la joya de mi producción dentro del género celiaco y a los que deudo más del 50% de mi escrituralidad celiaca, sabed que me tenéis muy olvidada. Qué la última vez que me arriesgué a comer en un japonés, me salió una chica requetepuesta en el tema, me indicó los platos y salsas aptas de la carta, dónde se cocinaban y que estaban libres de contaminación cruzada ¡La escuchaba horrorizada! Y cuando acabó hasta me recomendó un sitio donde tienen desayunos, comidas y cervezuelas sin gluten ¿Pero a dónde vamos a llegar con camareros tan bien informados y sensibles? ¡Un poquito de consideración por mi arte por favor!

¿Qué bonita sería la vida celiaca si sólo nos pudiéramos quejar de cosas así, eh?

26/9/15

Conocimientos útiles para la celiaquía: Adiestramiento canino. I

Hace unos años, me pasé tres meses entrando y saliendo de urgencias con una supuesta gastroenteritis que no remitía con nada. Cuando ya había perdido peso en exceso y tenía pinta de haber trabajado toda la vida con Madame Curie, llegaron el ingreso, las pruebas y esa amiga para toda la vida que te endosaban porque si: Ella; La Celiaquía.
Yo no me la quería llevar a casa, insistí en que ya tenía amigos de sobra y no me hacía falta una más, pero el personal hospitalario se rió una pechá y me dijeron que a ver si pensaba que me estaban dando a elegir.
Total, que me la traje a regañadientes (sabido es que a la fuerzan ahorcan), y cuando llegamos a casa, senté a mi nueva muy mejor amiga y le dije muy seria señalándola con el dedo
- Cucha Celi, a partir de ahora vamos a vivir juntas y tendremos que hacer algunos cambios y adaptarnos y tal y tal, pero algo te voy a decir: yo tengo una vida, que sin ser perfecta me gusta y de vez en cuando hasta me lo paso bien, y no voy a empezar a cambiar mis planes, ni a andar contando contigo sólo por el hecho de que tú seas una tikismikis con la cosa esa de los cereales. Siento decírtelo de esta manera, pero, pese a vivir conmigo, no estás incluida en mis planes. Puede que no te guste – le dije tal que una perdonavidas – pero, a mí tampoco me preguntó nadie si tú me gustabas y aquí estás ¡Es lo que hay! Así que vamos a llevarnos bien, calladita y no molestes.
Y va la muy chula, se me levanta con los brazos en jarras, la cabeza toda estirada y frunciendo los morros me dice con voz petulante - ¡Ja, ja y reketeja! Yo voy contigo a todos los lados, quiero que me presentes al personal y alternar con ellos ¡He dicho!
- Arrogancias a mí las mínimas Celi – le dijé con la firme convicción de que nadie me iba a torear – Ya sabes que, además de tener muchos conocimientos sobre alimentación (resultaron no ser suficientes), soy un pozo sin fondo leyendo, así que, por la ignorancia nunca me atajarás (me atajó, pero sólo un tiempo), ten presente que por las malas nunca sacarás nada de mí (vaya si lo sacó) – y en plan engreída-pedantona rematé - La filosofía me ha enseñado que siempre tengo elección, jamás cederé al chantaje (¡Qué ingenuo es uno cuando está en la adolescencia de su celiquía!)

Al principio no lo sabes (o no quieres saberlo, que viene a ser lo mismo) pero La Celi no es que sea chula, es lo siguiente, y de las que no se bajan del burro te pongas cómo te pongas, y vaya si le gusta alternar y hacer vida social.
Los primeros tiempos pasaba de ella, pero al final no me quedó otra que claudicar; mi historia con ella está llena de claudicaciones, los médicos deberían advertir de los daños colaterales que causa la EC, cómo claudicación continua, frustración y surrealismo variado ¡Es que no te cuentan nunca nada de lo importante!
Hubo muchas negociaciones entre La Celi y yo ¡Pa na´! Porque la muy puñetera a todo respondía “¡Contaminación cruzada, contaminación por transferencia!” Y si, siempre tenía elección cómo decía la filosofía, o la escogía a ella o a la cagalera con tripotazo y demás bonitos síntomas. Tengo que volver a leer sobre esa parte de la filosofía a ver donde viene lo de las elecciones y la diarrea, porque no lo recuerdo tan escatológico.
Así que La Celi acabó metiéndose en todos los asuntos de mi vida, entró arrasando cómo si fuera un elefante en una cristalería y se puso a bailar la conga con un cartel que decía “he venido para quedarme”.
La tenía que llevar a todos lados, casi siempre con alguna cosilla de picar en el bolso por si no encontraba nada de comer, porque yo, como de todo, pero ella no, y claro, servidora maneja el asunto de la voluntad y el libre albedrío, pero La Celi se ocupa del asunto intestinal.
Y si, alterna mucho conmigo, le he presentado a la familia, amigos, un montón de camareros, empleados de super, médicos, farmacéuticos y algún que otro extraño. Y si bien nos costó adaptarnos la una a la otra, poco a poco fuimos lográndolo, salvo en un asunto que me molestaba mucho y por el que siempre discutíamos sin llegar a ningún lado: la salivación ante olores y alimentos prohibidos (que en el caso de lo celiacos suelen ser casi todos si no estás en tu casa).
Pasábamos las dos por cualquier calle y al oler las pizzas o algún aroma pastelero se te hacía la boca agua, el estómago bailoteaba y venga más saliva. Al principio me cabreaba - ¡Coño Celi deja ya de hacerme la boca agua que sabes que no lo podemos comer! - luego opté por ser cariñosa y paciente, diciéndole - nena, que no puedes andar salivando cada vez que vemos u olemos algo, venga va, olvídalo, pasa de ello - Pero no funcionó, así que tuve que tomar cartas en el asunto y volví a sentar a La Celi y a hablarle muy clarito, y esta vez tendría que ser contundente y enfrentarme a ella cómo lo hago con cualquier macho alfa de mi manada de perros (y es que La Celi es el macho alfa de mi manada de arrechuches).
- Cucha otra vez Celi – yo muy seria e inquebrantable - ¿Ves al perrazo ese negro que parece una bestia parda salida del averno? - ella lo miró con chulería porque mis perros no le dan miedo (el pienso canino si; mucho gluten y tal) – Es Rinty, un macho muy dominante de pastor checoslovaco con 45 kilos de musculo. Podría arrancarme la cabeza de dos bocados, el brazo de un tirón de correa y no consiente jamás que se socave su autoridad, pero, cuando yo le digo quieto, que se siente, se vaya a casa, dar, o simplemente la palabra “no”, el obedece ipso facto, y ni siquiera es de mi especie ni hablamos el mismo idioma. Elige, o me ayudas en esto o a ti te acabo poniendo yo cómo al Rinty aunque no vuelva a salir de casa jamás de los jamases – el truco en estas cosas de enfrentarse a sujetos alfa es que no dudes siquiera una milésima de segundo de tu autoridad, hay que trasmitir que la única opción es la que tú ofreces y no es negociable.
El caso es que debí de impresionarla bastante, sinceramente, estaba jartita de perder siempre en el miserable poker de la celiaquía; La Celi siempre llevaba alguna escalera de color. Pero esta vez la hice dudar ¿Y sí por casualidad yo tenía una escalera de color más alta que la suya?
- La mayoría de conocimientos que tienes son extrapolables a otras áreas – me respondió La Celi muy serena hablándome con respeto por primera vez - ¿Qué haces con un perro cuando le quieres quitar un vicio o costumbre indeseable?
- Básicamente - respondí yo muy alucinada y docta - hay que estar pendiente del estímulo que desencadena ese comportamiento y distraerlo nada más empieza, e ir condicionándolo a otro comportamiento más aceptable hasta desarraigar el comportamiento indeseable. Existe también la opción de castigar al animal cómo método represivo, pero nosotros sólo practicamos el adiestramiento en positivo en donde jamás se castiga al animal y ...
- Si si si, bla, bla, bla – me cortó con su chulería habitual; es que es chula y ya está – resumiendo, distraes al cerebro para que deje de centrarse en ese estímulo y vaya aprendiendo un comportamiento diferente ante él. No es a mí a quien tienes que adiestrar y modificar la conducta – y me pareció verla sonreír – Puedo quitarte muchas cosas, no dejaré de hacerlo nunca; Soy La Celi, es mi naturaleza, pero si eres cuidadosa, estás atenta y te esfuerzas un poco, puedo darte pequeñas joyas de gran valor y utilidad.

Ese fue el momento en que me reconcilié con mi celiaquía, fue la primera vez que La Celi me ofreció algo bueno: Una constante estimulación de la creatividad para aplicar conocimientos muy variados y de muy diversos campos buscando atajar los mil y un problemas de ser celiaco; me pareció una ofrenda paz que no podía rechazar, así que le dije con cariñito cargado de cansancio
- ¿Quieres ser mi amiga y dejamos ya de pelearnos?.

Lo de cómo nos fue en el adiestramiento canino para dejar de salivar, diré que, os podéis comer un limón delante de mí sin que yo suelte una gotita de saliva, pero eso, os lo cuento otro día.


* Muchas gracias a todos los que me dejáis mensajes sobre mis “parrafadas”(mi vanidad jamás ha estado tan gorda) y que nunca contesto (mi cortesía sufre delgadez extrema). Mi tiempo es limitado, y soy yo la que se considera agradecida por prestarme un espacio (y parte de vuestro tiempo) para hacer terapia con las complicaciones que me supone la celiquía día a día. Lo cierto es que me ahorráis un montón de pasta en psiquiatras.

18/9/15

OPCIONES DE LA CELIAQUÍA: REÍR O MATAR

Este verano tuve super comida familiar (que yo siempre preparo sin gluten), y me acerqué a la sección de embutidos del Corte Inglés de mi provincia, que tiene máquina para cortar embutidos sin gluten. Antes de que me los corten, le pido al charcutero que se cambie por favor de guantes y le suelto todo el explicoteo celiaco oportuno, mientras predico la verdad de la contaminación cruzada con el único empleado que hay en charcutería, tengo detrás de mí a un montón de señoras que miran mi persona con intenciones asesinas pues ven que lo mio va para largo, todas menos una señora rubicunda que sigue mi sermón celiaco con interés.
Cuando el empleado se pone a cortar mi pedido, me dice la señora rubicunda - ¿Así que eres celiaca? ¡Por eso te conservas tan delgadita y guapa! - y me sonrie de oreja a oreja.
De primera mano yo me sentí halagada por eso de guapa y delgada; una tiene su vanidad y esa edad en la que no desperdicias ninguna guapura que te adjudiquen, quién sea y dónde sea, pero de inmediato volví a la premisa de “cómo soy celiaca estoy delgada y guapa”, y ya no me hizo tanta gracia ¡Era lo que me faltaba! Qué con lo porculera que es la celiaquía, ahora se dedicara a robarme méritos ¡Eso si que no!

Miro a la señora rubicunda, tiene cara de esas personas que, o son felices o su psiquiatra le receta unas pastillas cojonudas; para mí que era felicidad en estado natural, pero la química avanza tanto, que nunca puedes estar seguro.
El caso es que, cómo la veo muy receptiva y con ganas de cháchara (y mi pedido iba para largo) le respondo toda animosa - ¡Uy no señora! Los productos para celiacos engordan muchísimo; mi body serrano es mérito mio, no de la celiaquía; herencia del yoga, taichi, pilates y tocar el piano ¡Me lo he ganado a pulso! – La señora que está muy contenta de que alguien le de coba, me replica toda interesada si tocar el piano adelgaza, y yo le puntualizo que, sólo sí tienes que andar tres kilómetros de ida y otros tantos de vuelta.
Seguimos de cháchara y me pregunta por qué no cojo autobuses para lo del piano, mientras el resto de personas en cola nos odian con muy diversos grados de intensidad y nos lanzan mirada letales.
Le explico que vivo en una zona rural en donde los horarios que figuran en el panel de la parada del bus son meramente informativos: te informan de que en algún momento pasará un bus, pero que tampoco los agobies con horarios y puntualidades. Y le explico que mi profesor si me agobiaba con horarios y puntualidades, y se encabezonó en que no era suficiente con que llegara cómo los buses de mi pueblo, es que encima tenía que llegar siempre a la misma hora. Y en fin y tal, me tocaba ir andando.
La señora me responde - ¡Ah claro, por eso estás tu tan delgadita y tan guapa! Por el campo.

Ante un nuevo halago mi vanidad y mi ego volvieron dando palmitas (me saltan sin que me de cuenta), y ahí andaba yo sonriendo cómo una reina de la belleza, cuando me paro a pensar que la señora nuevamente le ha dado el mérito al campo y no a mi esfuerzo. ¿Pero esto qué es? Primero la celiaquía y ahora el campo; todos me quieren robar.
Las miradas asesinas que disparan el resto de señoras en cola cuando el empleado me pregunta si quiero algo más, no se podrían cortar ni con un sable láser; ya no son los quince minutos que ha echado en preparar mi pedido, es que encima me lo he estado pasando bien con la señora rubicunda. Le digo que no, sobre todo porque si pido algo más soy mujer muerta, y la señora de la charleta me dice - ¿Cómo te llamas guapa? - Y cómo la veo que es de natural alegre le digo con voz a lo James Bond - ¡Llámame K, Celia K! - Y la señora se ríe y me dice - ¡Ay que simpática que eres! - y yo, que ya ando una poco jarta de que me roben méritos, y que veía que esta señora era muy de expropiar, le digo fingiendo seriedad - ¡Pero que sepa que es merito mio, no de la celiaquía! Qué esa lo único que hace es dar pol culo.

Bueno, un poco mérito de la celiaquía si es: tuve que escoger entre reírme o matar, y tengo entendido que la segunda está mal vista y socialmente poco aceptada.

13/9/15

DE ATERRIZAJES, GREMLINS Y CELIACOS

Después de pasarte muchos años entrando en urgencias y logrando una pastilla para los gases o los nervios, se ve que llega un día en que al señor de bata blanca se le acaban las pastillas y no le queda más remedio que hacerte unos cuantos análisis.
- Mire usted – te dice el de la bata con cara de circunstancia cuando le llegan los resultados – pues resulta que, ni tiene un pedo atascado ni está mal de la sesera, lo que le pasa es que es usted celiaco. Pero no se preocupe, ahora hay muchas cosas sin gluten en el Mercadona.
- ¿Lo qué? ¿Lo cualo? - preguntas tú medio alucinado - ¿celiqué? ¿Es contagioso? ¿Tiene que ver con ser vegetariana? ¿Es una infección por picadura de garrapata? Es que vivo en el campo y tal.
- ¡Que no puede tomar gluten señora! – te responde el médico con cara de estar hablándo con una lerda de pocas luces - Ya sabe, cereales – y tal que si te hubiera desvelado el secreto de la eterna felicidad, te largan del hospital con un - Ale, vístase que le damos el alta hoy y siga una dieta sin gluten ¡Y a ver si mejoramos!
Y tú te vas a casa de la mano de tu nueva muy mejor amiga la celiquía. De vez en cuando miras a esa amiga que te acaban de endosar en el hospital y te preguntas quién es, la verdad es que parece calladita y tranquila, no crees que sea muy difícil tenerla contenta, con quitarle la cosa esa de los cereales ya está. Esto es lo mismo que los gremlins, con no mojarlos después de la doce de la noche, solucionado ¡Está chupado!

Primer aterrizaje: Señores pasajeros de Aerolíneas Celiacas prepárense para aterrizar en el País de la alimentación.
Ya sabes que el gluten está en los cereales, lo que desconocías es que estuviera en tal cantidad de alimentos; Jamón york, queso, chocolate, salsas de tomate, enlatado, embutido, y un larguísimo etc. ¿Todo lleva gluten? ¡No es posible! ¿Por qué? ¿No era suficiente con tener la fruta y la verdura hasta los ojos de pesticidas, las carnes llenas de hormonas, antibióticos y esteroides, y el pescado con metales pesados? Pues parece ser que no ¡Bievenido al mundo de “todo lleva gluten, lactosa o azúcar”!
Lo de no mojar al gremlin después de las 12 de la noche ya no te parece tan chupado.

Segundo aterrizaje: Señores pasajeros de Aerolíneas Celiacas prepárense para aterrizar en el País de la contaminación cruzada o por transferencia.
Cuando te largan del hospital con tu nueva amiga, te dicen que sigas una dieta sin gluten ¡Y ya está! Luego tú te pones a mirar por internet y te encuentras no sé que de contaminación cruzada, y cómo el médico de eso no ha dicho ni pio, y lo que lees es tan extremista, acabas tomando a la mayoría de los celiacos por unos neurasténicos tela de obsesivos y pasas del tema, te dices a ti mismo que la vida no puede ser eso que le sucede a los demás mientras tú vigilas el gluten.
Guardas tu pan al lado de los demás panes glutaneros, tus cosas celiacas andan metidas entre las harinas corrientes, usas el horno a porrillo sin haberlo limpiado y hasta llegas a poner en un mismo plato tu comida con otras que tienen gluten. Y está bien, salvo que han vuelto las puñaladas estomacales y la tripa con alien, la diarrea, la febrícula y las nauseas continuas, pero cómo todo está bien, te tranquilizas diciéndote que eres celiaco y siempre tendrás cagalera y demás problemillas.
Todo esto se te ha prolongado varios meses porque eres poco sintomática y quieres seguir volando a tu bola, pero al final te toca tomar tierra y aterrizar en el país de la contaminación cruzada.
Limpias la cocina a fondo, sacas todos los alimentos glutaneros, cambias el horno, pones una neverita para ti y desde ya anuncias (porque eres la cocinera oficial de reuniones de familia y amigos) que a partir de ahora toda tu comida será sin gluten. Y de paso tb le metes mano a algunos cosméticos y los cacaos de labios que gastas a porrillo. Entonces se produce el milagro y descubres que ser celiaco no significa tener puñaladas continuas y vivir con diarrea ¡Ahora hasta te estriñes de vez en cuando! Y por fin, el alien que vivía en tu barriga y tu compañera la nausea parece ser que se han mudado.
Claudicas – vale, a lo mejor no tenía que haber andado regando el patio después de las doce de la noche con un gremlin al lado – y es que tu nueva muy mejor amiga, es más puñetera y complicada de lo que aparentaba, pero ahora ya eres una celiaca de verdad con su neurosis glutanera y todo.

Tercer aterrizaje: Señores pasajeros de Aerolíneas Celiacas prepárense para aterrizar en el País del comer fuera y/o irse de viaje. El comandante del vuelo les advierte que alucinarán pepinillos, fliparán en colores y hasta habrá pasajeros que no quieran aterrizar.
Ahora que ya tienes carnet de auténtico celiaco, con todas las neuras y frustraciones que implica el asunto, da igual que uno sea de natural pachón relajado y tirando lacio, da igual que hayas venido a este mundo con sentido del humor y sosegada paciencia, da igual que tengas un rico y preciso vocabulario con el que explicarte; nada de eso te será útil el 98% de las veces que te tengas que alimentar fuera de casa.
Desde que hace unos años me diagnosticaron, no había salido nunca de viaje más allá de pasar una noche por ahí llevando mi comida. La verdad es que estaba un poco reticente a viajar, pero al final encontré una excusa y me fui tres días a Granada.
En varios grupos de celiacos y en la asociación, hay archivos sobre restaurantes, hoteles y demás sitios con comidas aptas. Lo curioso es que la lista de la capital de mi provincia la tenía muy pateada y sabía que la gran mayoría de sitios que aparecen en ella no eran muy de fiar. De poco me sirve que en un restaurante tengan cerveza y pan sin gluten junto con menús adaptados, si no tienen ni pajolera idea de lo que es la contaminación cruzada y el protocolo a seguir para evitarla.
Tengo que comer y cenar fuera muchas veces por la capital de mi provincia, y he de decir que sólo me fio de apenas cuatro de esos negocios; todos ellos llevados por celiacos o familiares muy cercanos (y concienciados) de celiacos. No pretendo herir susceptibilidades, ni criticar el trabajo que otros hacen listando esos negocios, simplemente me he contaminado muchas veces en supuestos sitios con menús aptos, y he dejado de jugar a la ruleta rusa. Soy poco sintomática, pero, cuando me contamino lo sé a los 15 minutos de haber ingerido gluten: me dan tres o cuatro puñaladas en el abdomen y acto seguido mi estomago se hincha cuadriplicando su tamaño y me mareo cómo si estuviera borracha; los demás bonitos síntomas (que todos conocemos) me llegan al día siguiente y me duran varios días.
Teniendo presente todo esto ¿Por qué pensé que en Granada sería diferente?
¿Por qué? Pues porque no había aterrizado. Porque este es uno de los aterrizajes más duros que he tenido que hacer y he necesitado estrellarme con la realidad para tomar tierra; así que me fui a Granada a pasar 3 días (y lo del aterrizaje).
Reservé en un hotel recomendado, llamé antes de ir y me dijeron muy amablemente que tenían desayunos, comidas y cenas adaptadas, y me tranquilizaron diciendo que tienen muchos clientes celiacos. La primera mañana que voy a desayunar me sacan unas magdalenas recién horneadas, la camarera trae en una mano mis magdalenas y en la otra un plato con bollería glutanera para la mesa de al lado. Cuando pregunto dónde las han horneado me dice con cara de no entender – En el horno señora ¿Dónde si no? - le vuelvo a preguntar, ya muy mosqueda, que si es un horno exclusivo para celiacos y me responde que sólo tienen un horno para todo el mundo, y que han tenido muchos celiacos y jamás ha habido un problema – claro que todo depende de lo celiaco que seas - añadió cordialmente. Podría continuar narrando la conversación, pero el resultado fue que ella (y las mesas cercanas) me miraron cómo una loca de atar y yo me quedé sin desayunar.
¡No pasa nada, podemos seguir volando sin necesidad de aterrizar! Al lado del hotel he visto en mi super lista una pastelería/panadería que hacen bollería sin gluten y va empaquetada. Nos vamos mi marido y yo para allá. Es un local diminuto, atestado de panes y bollerías glutaneras en donde prácticamente ves flotar las harinas, mi marido me dice que ni entre y que no merece la pena llevarme nada a no ser que quiere lavar antes el envase con agua, jabón y un estropajo.
Y cómo no estaba por aterrizar, me eché unos cuantos frutos secos de mi reserva del bolso, y seguimos turisteando por Granada y decidimos tapear por algunos de esos sitios de mi super lista.
Resultado = Sitios con cerveza/pan sin gluten y tapitas/comida para celiacos hechas por personal que suelta el pan con gluten y se pone a hacer las tuyas en el mismo lugar que las otras y con las manos englutanadas.
Al tercer sitio sin haber probado bocado, frustrada, me rendí y decidimos ir al hotel a comer; por supuesto, me tocaba una vez más mi eterna compañera la ensalada.
La tarde que llegué a Granada fui a cenar al Café-Bar El Cortijo (todo cocina sin gluten y sin lactosa) La dueña es encantadora, de una amabilidad excepcional y con profundos conocimientos de dichas intolerancias (además de celiaca, intolerante a la lactosa y muy buena cocinera), y aunque estaba muy cansada y con poca hambre, disfruté una jartá picando con tranquilidad y tomando unas cervezuelas.
Cómo soy de natural optimista, me pensé que todos los sitios iba a ser cómo El Cortijo, y me fui yo la mar de contenta para hotel pensando que Granada era el paraíso de los celiacos. No acabé desayunando, comiendo y cenando allí porque al día siguiente, lunes, cerraban por descanso y bastante amable fue que abrió el domingo por la tarde, que tb suelen cerrar, por mí (ya os dije que es de una amabilidad excepcional). Luego vino mi lunes fatídico a base de frutos secos, ensaladas, y la oportuna compra en la sección de celiacos del corte inglés.
Mientras salia del corte inglés, comencé a aterrizar un poquito – pues a lo mejor llevar un gremlin despues de las 12 de la noche cuando está diluviando no es tan fácil, por mucho paraguas recomendado que te hayan dado. A lo mejor lo de viajar no es tan sencillo una vez te sales del mundo de la ensalada. A lo mejor la mayoría de la gente de hostelería no tiene ni pajolera idea de lo que es la contaminación cruzada. A lo mejor estás algo más limitadilla de lo que imaginabas.
Esa noche en el hotel vi en la lista un sitio de comidas sin gluten para llevar llamado Exceliente, con excelentes criticas de celiacos, pero cómo ya estaba tomando tierra de una vez por todas y con muchas moscas detrás de la oreja, pues no me fiaba mucho. Al final decidí probar suerte pues se hallaba cerca del hotel y había una librería de segunda mano al lado, así que decidimos dar un paseo ¡Y me tocó la lotería! (en la librería y en Exceliente) Dos chicos majísimos, celiacos y con la cocina libre de contaminación cruzada. Me lleve dos viajes de croquetas buenísimas y tengo que decir que al día siguiente desayuné croquetas de morcilla, que no será muy adecuado, pero estaban de rechupete y no tenían gluten.

He ido aterrizando poco a poco con mi celiquía. Desde las barbaridades de guardar mi pan con los glutaneros o poner mi comida en un mismo plato con otra que llevaba gluten, ha llovido mucho y he leído/consultado aún más.
Me he negado varias veces a reconocer que tengo una severa limitación alimenticia y me he empeñado en creer que no pasa nada. Casi me había convencido de que estar con diarrea, cefalea, nauseas y la tripa al borde del esplotido era un estado normal en el celiaco. Al igual que me había negado a dudar de cuantos profesionales me atendían con el tema de los menús adaptados.


No sé ustedes señores/as, pero yo, me doy por aterrizada con el gremlin seco después de las 12 de la noche.  

6/9/15

DE CELIACOS Y CAMAREROS

De entre las mil anécdotas de celiacos que a uno le van sucediendo (y si eres celiaco no te libras de absurdos surrealistas ni encerrándote en tu casa), novecientas de ellas tienen que ver con profesionales de la hostelería, al menos en mi caso concreto.
Por muy diversos motivos, he de comer/cenar en la calle varias veces al mes, y no siempre puedo elegir un sitio con cartas adaptadas. Este hecho me ha ido dando una perspectiva muy particular sobre cómo ve y se comporta un celiaco con los camareros y demás trabajadores del sector hostelero.
Y antes de empezar, decir que en ningún momento estas letras pretende ser un agravio o mofa a los camareros y demás profesionales del sector (todo los casos que expongo los he vivido personalmente), tan sólo es una mirada particular y socarrona con la que sobrellevar la batalla celiaca del “comer fuera” y no morir un poco en el intento; a veces lo consigo, a veces no.

El caso es que cuando eres celiaco desarrollas extraños poderes con el personal de hostelería y antes de que el camarero te haya saludado, tu ya le has hecho una ficha psicológica tan precisa que si el FBI supiera de tus habilidades te tendría adiestrando a sus agentes y dando conferencias por el mundo.
Habrá celiacos que lo hacen más conscientemente y otros menos, pero ahí están tus poderes, y sin que lo sepas, tu cerebro tiene catalogado un amplio repertorio de la tipología “El celiaco y el camarero”

- El camarero que se te acerca arrastrando los píes, tiene ojeras, sujeta el chisme de las comandas con fastidio y no deja de resoplar: Está cansado y harto del día, hay que soltarle la parrafada celiaca con frases cortas y tono neutro, el contacto visual ha de ser relajado y se reserva la intensidad visual para la frase final acompañada de sonrisa cálida y el oportuno por favor sobre los protocolos a seguir en tu comida. Si al finalizar te pregunta, con corrección neutra “¿Alguna cosa más para comer?” Date por un poco muertito en el intento, porque no se ha enterado que tu problema no es que elegir que comer si no averiguar si hay al menos una opción.
Catalogación: Aliado transitorio de conveniencia - Nivel Arriesgadillo.

- El camarero que se te acerca viene con paso brioso nada más verte, lleva el uniforme impecablemente puesto, reketepeinado, las uñas arregladisimas y ha empezado a sonreír antes de que tus posaderas tocaran la silla: Este tipo de empleados suelen ser habituales en los restaurantes y hoteles elegantes, aunque los hay en todo tipo de hábitats.
Aquí procede una parrafada celiaca muy bien explicoteada con maridaje de preguntas claves sobre la contaminación cruzada, la freidora, la plancha y el horno. Puedes excederte y dejar volar tu neurosis celiaca todo lo que necesites, siempre serán amables, colaboradores y te ofrecerán toda información solicitada además de darte facilidades
Catalogación: Amigo en terreno hostil – Nivel Fiable oscilando a Fiablillo.

- El camarero que se te acerca con paso relajado y paciente mientras porta el chisme de la comanda cómo si fuera una extensión natural de su brazo, y apoyando la mano libre en tu silla saluda con familiaridad. Son esos profesionales bonachones y bien intencionados que suelen desconocer que el camino al infierno celiaco está empedrado de buenas intenciones. Andan algo perdidos con lo del gluten, eres el primer celiaco que les cae en una mesa y se sienten un poco perplejos, pero son de natural amable y colaborador. Ellos no pueden poner mucho de su parte, pero cómo hace más el que quiere que el que puede, tú acabas cenando lo más seguro que te pueda ofrecer.
Catalogación: Amigo de gran ajenitud celiaca en terreno hostil – Nivel bastante fiable si no lo lías con florituras y antojos.

- El camarero que se te acerca sin que te hayas fijado en su presencia y cuando le largas tu parrafada celiaca, dudosa sobre la técnica a usar porque no has podido catalogarlo, y va y te suelta con una sonrisa tranquilizadora que él es celiaco. Ahí, en ese momento, se te empieza a derramar el amor y te dan ganas de decirle que lo quieres. Y cuando te informa de lo que puede ser fiable para ti, te pregunta si quieres un poco de pan sin gluten, que él tiene metido en un tuper fuera de la cocina, y te tienes que contener para no arrodillarte y pedirle matrimonio. ¿Tú comiendo pan sin gluten en un restaurante sin cartas adaptadas? El momento apoteósico llega cuando te ofrece un par de cervezas sin gluten que tiene por ahí, es inevitable que te levantes, le declares todo tu amor celiaco y le tomes las medidas para hacerle una estatua a tamaño natural de platino.
Catalogación: Te quiero, te adoro – Nivel Te sigo queriendo y adorando

- El camarero que se te acerca y después de tu parrafada te dice todo sonriente que es un poco celiaco o con parientes un poco celiacos y que controla el tema (me he llegado a encontrar una camarera que antes era celiaca y se curó): Todos sabemos que la enfermedad celiaca, al igual que la preñez, carece de grados. O estás preñada o no, o eres celiaco o no. Y es para siempre (la E.C., no la preñez)
Catalogación: Vade retro satanas – Nivel Peligro Apocaliptico

No he mencionado a nuestros profesionales favoritos del sector, los de restaurantes adaptados en donde hay un celiaco en el negocio, porque a esos sitios vamos con los pompones en el bolso, la pancarta de 3 metros llena de frases entusiastas y les hacemos la ola cuando vemos más de dos postres para elegir.
He sido camarera y cocinera muchos años, con situaciones absurdas y surrealistas de todo tipo (es una profesión que se presta a ello) pero mirar y relacionarme en este sector desde la particular y estrecha esquina de la E.C., ha sido muy enriquecedor; tanto a nivel alimentario cómo literario.


¡Buen provecho sin gluten!  

26/8/15

VENGO A QUEJARME DE MÍ MISMA

Tengo un par de grupos de anécdotas de celiacos en mi fisbu que me resultan una jartá de terapéuticos. Es que es entrar en ellos y empezar a leer, y de repente, tal que si me hubiera tomado un valium muy gordísimo, dejo de sentirme un neurótico perro azul marino que habla en taiwanés y veo que recupero mi condición de mujer-humana-normal-hablando español; me siento comprendida e identificada de mil maneras, y la verdad, me permite liberar muchas frustraciones (creo que deberían incluir la frustración cómo un daño colateral de la E.C.)

El caso es que me ha pasado una cosa muy curiosa: He sufrido envidia de un celiaco y su dieta.
Nunca pensé que se podría envidiar a un celiaco y su dieta (nadie podría envidiar las complicaciones y limitaciones que impone, y las terribles consecuencias que supone saltársela, además, ya soy celiaca) pero yo lo he conseguido, así que vengo a quejarme de mi misma.

Hace unos meses me comunicaron que tenía una dolencia que implicaba tratarla conjuntamente con una dieta severa en donde me restringirían varios alimentos. Y cómo una empieza a ser celiaca vieja y más chula que un ocho en todo a lo que a voluntades y dietas se refiere, antes de oír nada solté yo toda bravucona.
- ¡La dieta para mí no es un problema! - y me quedé más ancha que larga.
El médico me pasa un papelote inmenso y comienza a leer – nada de lácteos, nada de huevos, nada de tubérculos, nada de frutas dulces, nada de azúcar, nada de harinas refinadas, nada de levaduras y nada de cualquier tipo de glutamato, conservante, colorantes, potenciador del sabor, etc.
Ya cuando iba por las harinas refinadas, estaba casi rezando porque me temía lo peor – las levaduras no, las levaduras no ¡No te las lleves! Arráncame el azucar, el chocolate – clamaba yo cómo una Escarlata O´Hara para mis adentros – llévate las castañas glaseadas ¡Pero el pan y la cerveza noooo! ¡En verano y en Málaga no!

Cuando le pregunté al médico (ya sin bravuconerias y con la cabeza gacha) cuanto tiempo tenía que hacer esa dieta, me dice muy críptico – depende, de tres a seis meses pudiendo llegar al año. Te haremos analítica todos los meses a ver cómo vas, pero la media suelen ser unos cuantos meses – y ahora fue él el que se quedó más ancho que largo.
Salí hundida de la consulta y releyendo una y otra vez la sección de los alimentos que si podía tomar, que ocupaban cómo tres líneas al final del papel, y eran arroz integral, verduras, carne, pescado y sandía (creo que la sandia me la dieron por hacer bulto en la lista y que no pareciera tan desangelada, porque está consideraba una fruta dulce, pero ¿Quien se ha comido una sandía dulce en los últimos diez años?)

¿Sabéis lo difícil que es tener una crisis de esas de ansiedad en la que te tiras a la nevera intentando calmar las hambres insatisfechas con semejante dieta? Porque yo, sé que tengo que respetar la nueva dieta, pero mi cerebro y mi cuerpo son unos cabroncetes y parece que no se enteran. Y cuando me levanta mi body traidor y su complice a la nevera con toda la ansiedad del mundo, tengo para calmarla: la sandía, (que desde la primera semana de dieta me sale por las orejas y estoy casi segura que me están naciendo pepitas por dentro) un bol de garbanzos cocidos, un tarro de bonito en aceite y cuatro lechugas ¡Locuraaaaaaa!
¡Es que no es serio! Así no hay quien tenga un crisis de ansiedad decente. Con media tableta de chocolate si, pero ¿Cómo quedo yo delante de mi marido o mis amigas cuando les cuente que anoche me dio el yuyu comilón y arrasé con toda la lechuga y el bonito en aceite? Eso sin mencionar que este tipo de alimentos no producen ninguna sensación de culpabilidad después de haberte atracado

Pues en estos menesteres de dietas y ansiedades andaba, cuando mi marido me invita a cenar en mi restaurante de celiacos favorito (Casa Juan). Favorito entre muchos celiacos de Málaga porque tiene profundos conocimientos de la E.C., extremo cuidado con esos detalles que tanto nos estresan a los celiacos, cocina separada, freidora aparte y postres.
Nos sentamos en una mesa y pedimos unos pescado plancha (creo que es el único sitio en donde me atrevo a pedir planchas) lechuga y agüita para beber. Cuando miro a la mesa de al lado veo un par de cervezas Daura, bolsitas de piquitos y pan sin gluten, y no me pude contener ¡Me saltó el Dar Vader que llevo dentro!
- Mira al celiaco ahí, tan feliz, comiendo sus pescaitos malagueños rebozados en harina de garbanzo refinada. Y ya va por la segunda cerveza sin gluten con todo el descaro. Y míralo, venga a comer piquitos y seguro que hasta mojeteará el pan en la salsas con toda la gula del mundo y sin esconderse – en medio de todo este incendiario monólogo interior, llega el camarero a tomar nota de los postres a la mesa del celiaco, me palpita el ojo y sigo con la retahíla - ¡Claro, postres también! Ale, azúcar y lácteos, claroooo ¡Cómo sólo eres celiaco y aquí hay postres sin gluten! - a partir de aquí ya se me estaba yendo la pinza del todo - ¡Mi tesoro, mi dieta celiaca! ¡Mi tesoro, mi tesoro, mi dieta celiaca! ¡Mitesorooooooooo!

Entonces mi marido me llama la atención y me pregunta todo extrañado qué hago, porque llevo un buen rato abstraída mirando a no sé sabe dónde y poniendo caras raras. Toda crispada, tal que si hablara de un asesino en serie le respondo bajito y arrastrando las sílabas - Hay un celiaco en la mesa de al lado ¡Estoy envidiando al celiaco!
- ¿De verdad estás sintiendo envidia de un celiaco? - pregunta todo incrédulo.
- ¡Si! - respondo ofuscada - La envidia es el deporte nacional y yo soy muy patriota.
- Pues chica, ahora mismo te pido una cerveza sin gluten, porque el hecho de que te saltes la dieta un día, no me parece tan grave cómo que pierdas todos los puntos del karma – y puntualiza – envidiar a un celiaco quita muchísimos puntos; que vuelvas en tu próxima vida cómo cucaracha por tanta envidia celiaquil sería una pena.
- ¿Nos hemos hecho budistas y te has olvidado comentármelo? - pregunto ante tanto karma, puntos para la reencarnación y cucarachas
- Además – me dice todo resuelto y feliz obviando mi interés por nuestras nueva inclinación religiosa – Esta dieta ha sido una bendición; me alegro muchísimo.
- ¿Qué dices? - pregunto con asombro alucinado - ¡Mira que hay armas blancas en la mesa y objetos contundentes cercanos!
- Pues verás, cuando dentro de unos meses acabes con esta dieta ¡Nunca jamás volverás a reprocharle nada a la dieta celiaca! Serás la mujer más feliz del mundo mundial porque tu dieta es supervariada y maravillosa. Es cómo el cuento ese del monje que practicaba el ascetismo y el ayuno, y sólo se alimentaba muy de tarde en tarde de hierba del campo, se consideraba el hombre más bueno y humilde la tierra, hasta que un día miro hacía atrás y descubrió un monje que sólo se alimentaba de las hierbas que él iba descartando, tirando o dejando a medio comer.
- Sólo tengo dos preguntas, una ¿Puedo regodearme y ser feliz cuando acabe la dieta? Ahora me resulta del todo imposible. Y dos ¿Nos hemos hecho budistas, si o no? Porque te veo trajinando mucho con el karma, los monjes y tal.

Luego ya, de la que se iba la mesa de al lado, le pedí disculpas al Universo por haber envidiado a un pobre celiaco con tanta inquina, y según se alejaba le deseé suerte - ¡Pero anda la pechá de pan que se ha pegado el celiaco! - saltó mi Dar Vader en los interiores malmetiendo e intentando poseerme de nuevo - ¡Tú a callar! Respondí enseguida a mi lado oscuro, que a partir desde hoy vas a ir con la correa muy corta, ándate con cuidado que ahora creo que somos budistas o algo así.


Parecía increíble, pero yo he conseguido envidiar a un celiaco, y bueno, ahora que ya me he quejado de mi misma, voy a ver si averiguo algo sobre nuestras prácticas religiosas.

14/8/15

ODISEA CELIACA EN EL SUPERMERCADO

El otro día le dije a una amiga que hacía tiempo que no escribía un articulillo sobre celiacos para mis grupos, y que a ver si estos días me ponía y hacía uno. Ella toda sorprendida me preguntó que si la celiaquía daba para tanto a nivel escritural, y yo toda apostólica le respondí
- Juego de tronos es una saga de chichinabo comparada con las odiseas a las que se enfrenta un celiaco. Por ejemplo, sólo el hecho de ir a hacer la compra requiere haber pasado una instrucción militar con Sherlock Holmes y el grupo de operaciones especiales de la CIA.
- Pero mujer – dijo ella toda inocente – ahora en los supermercados hay muchísimas cosas para celiacos.
- ¡No digas eso jamás a un celiaco; raya casi la herejía! - y cómo la estoy adiestrando en el asunto celiaquil, añadí didácticamente – A un celiaco jamás se le dicen estas tres frases, toma nota: “Yo sin pan no podría vivir”, “pero por un poquito no pasa nada” y “ahora hay muchas cosas para celiacos”
Cómo la vi que me miraba ojiplática la sentencié a que hiciera la compra conmigo.

Llegamos a un centro de esos grandotes que tienen hasta estantería para celiacos, y según entrábamos, le digo a mí amiga que, ahora es una celiaca haciendo la compra para las comidas de un día, y le voy a dar 10 puntos, y cada vez que meta la pata haciendo la compra le quitaré uno. Cuando te quedes sin puntos, le informo, eres celiaca contaminada y fuera de cobertura; usease, fin de partida. Y le recalco que cuando yo hago la compra sólo gozo de un punto para jugar la partida, pero en consideración a su ajenitud celiaca, le voy a dar 10.
Cómo mi amiga es de natural protestón, me replica que vale, pero que si hace la compra bien qué gana
-¡Cariño, ganas la inmensa suerte de no tener cagalera, vomitona, retortijones, tripa con alíen, migraña y otro puñadito más de preciosisimas sensaciones durante días! El premio es que evitas un castigo – y cómo la veo que se le pone el semblante serio, añado con humor – Y un máster invisible en Etiquetado Alimentario.
Y ya de paso, le recuerdo que los celiacos suelen tener otras patologías asociadas, que cada uno es un mundo, y en mi caso concreto hay que excluir los lácteos, las levaduras y el azúcar.

- Primer punto quitado: coge un carro que acaba de soltar una señora con una nena sentada en el sillín que comía galletas, se va para la frutería (toda feliz porque sabe que fruta y verdura fresca son seguras) y para abrir la bolsa moja un dedo en saliva. Ella no entiende que le haya quitado un punto ¡Ni siquiera quitó las migas del sillín! Le explico que una de las contaminaciones más tontas que tuve fue haciendo una compra, cogí un pan con gluten de la panadería y luego me fui a la frutería y abrí una bolsa mojando el dedo en saliva.

- Segundo punto: me coge un pan sin gluten y me señala la espiga barrada toda orgullosa, pero lleva levaduras, azúcar y lactosa. Por fin se pone a leer y comienza a quedarse flipada - ¿Que carajo es la goma xantana? ¿Vuestros panes llevan leche? ¿Pero que coño de ingredientes son estos? (y todo esto en la estantería de celiacos; es decir, en terreno amigo)
Tras leer con hartazgo unos cuantos panes, me pregunta si hay alguno que yo pueda comer, y cómo me da penita se lo señalo, y le indico que llevamos media hora en el centro y hemos echado al carro 4 lechugas, un kilo de manzanas y 2 panes sin gluten

- Tercer punto quitado: añade al carro una leche vegetal de avena. Después del explicoteo oportuno, le digo que busque otra sin gluten y sin azúcares (mi amiga empieza a estar muy cansada de leer la biblia en verso) Tras otro buen rato de venga a leer leches vegetales le señalo una de las pocas que no lleva azúcar. Y le pregunto si se va a alimentar a base de lechugas, manzanas, pan y leche de arroz, me mira con cara torcida y me suelta un exabrupto en donde están implicados santos, mi progenitora femenina y un parte de su anatomía de la zona pélvica. Le respondo toda sonriente que bienvenida a mi mundo.

- Y ya no le quité más puntos porque en la sección de conservas y legumbres tuvo una crisis existencial celiaca-alimenticia. Se hizo un lio con los etiquetados de las conservas que avisan de las diferentes trazas, los que ponen sin gluten y los que sólo ponen los ingredientes sin nada más. La hice dudar sobre si el arroz podía contener contaminación cruzada por trazas hablándole de la producción en origen, el transporte y el almacenamiento. Le comenté que en una ocasión me encontré un grano de trigo en un paquete de lentejas y ahí ya se me desmoronó.

Es cierto que fui pelín extremista planteando posibles hipótesis tremendistas, y que a lo mejor disfrute un poquito volviendo loca a mi amiga (pero sólo un poquito; no soy tan mala persona), pero aún recuerdo lo que era ir a hacer la compra mi primer año de celiaca, lupa en ristre (sé positivamente que los señores del etiquetado alimentario son extraterrestres y que nos toman por una raza con superpoderes de visión). Y entre lo grandes que son las letras de los etiquetados alimentarios y lo familiarizada que está la población con todos esos componentes de nombres rarísimos y letras y números, me entraba tal estrés que necesitaba casi 2 horas para llevarme un puñado de cosas y salía muy frustrada.
Con los años y la práctica, mas largas e intensas horas de lectura y consultas en grupos de celiacos, vas dominando el asunto y te vas relajando, pero nunca demasiado, Sherlock Holmes siempre está ahí rebuscando con su lupa. Y pese a todo el cuidado y la practica que ya tengo en el asunto, sigo metiendo la pata muy de vez en cuando sin perder jamás ese punto de frustración.
Le cuento todo esto a mi amiga y le señalo que cuando meto la pata y tomo por accidente gluten, pues las consecuencias las pago yo, pero ¿Te imaginas cuando el celiaco es tu hijo?
Entonces mi amiga (que también es madre) me dice - ¡Los de juego de tronos son una nenazas! ¡Te lo valoro! A ti y a todos los celiacos.
Como ya dije, la cosa ha quedó en:
Juego de tronos = 0
Odisea celiaca en el supermercado = 1

18/7/15

COSAS QUE PASAN ENTRE UN CELIACO Y UNA MESA

No nos damos cuenta hasta que punto está articulada la vida cotidiana, intelectual o social en torno a la comida y la bebida. Desde una simple reunión familiar hasta el acto de ver a tus amigos o asistir a cualquier espectáculo, todo pasa por esa articulación social de compartir comida y bebida ¿Qué gracia tiene ir al cine o a un museo si luego no te tomas algo y compartes tus impresiones?
Incluso a nivel político, da igual que construyamos reinos, dictaduras, parlamentos o repúblicas, las grandes decisiones de la historia, se toman en una mesa alrededor de comida y bebida; las grandes y las diminutas.
Hay algo innato a nuestra especie en el hecho de compartir alimentos y decisiones alrededor de la comida, ya sean insignificantes, atroces o bellas ¡Pero siempre en la mesa! A través de los alimento intercambiamos muchas emociones e intentamos lograr una especie de egregor (mente colectiva de grupo que nos hace vibrar a todos en la misma sintonía) que nos acerque más los unos a los otros; el vehículo para lograr esa sintonía es la comida y la bebida.
Pero ¿Qué pasa cuando parte de esa comida/bebida es tu enemiga y la mesa un escabroso campo de batalla a sortear? ¿Qué pasa cuando no puedes probar nada de lo que hay en la mesa? ¿Qué pasa cuando estás sentado con otros comensales y no puedes concentrarte en nada porque andas vigilando las migas que se esparcen cerca de ti y tapando tu plato cada vez que pasan un trozo de pan por encima de un comensal a otro? 
¿Qué le pasa a ese celiaco que se sienta a la mesa con todos los demás?
- Pasa que llega a la mesa cómo un agente del FBI, vigilando donde anda el pan y otros alimentos ricos en gluten para escoger el asiento más alejado de ellos.
Los demás llegan relajados y tranquilos a la mesa, el celiaco llega cómo un soldado que inspecciona el terreno con todas las alertas activadas ante el enemigo glutanero. Y hasta que no se recoja absolutamente todo de la mesa, no dejará de apatrullar el campo de batalla.
- Pasa que cuando el celiaco se sienta, da igual que sea entre familiares, amigos o conocidos, a los que tiene a su derecha e izquierda les da obligatoriamente la chapa con que es celiaco y que por favor tenga cuidado con las migas porque sólo necesitas una molécula para estar fuera de cobertura toda la semana. Si son familiares o amigos muy cercanos, resulta más fácil; bueno, resulta fácil caso de que hayan decidido ser compresivos, entender el problema y no tomarte por un neurótico, que de todo hay en la viña del Señor.
- Pasa que raramente te libras de oír esas dos frases que tanto gustan y tan feliz hace a los celiacos: “yo sin pan no podría vivir”, y la favorita “por un poco no pasa nada”.
Ahí es donde entra a trabajar tu monje budista zen. Para no darle un cogotazo al que no podría vivir sin pan y callarte que no es una elección que es una imposición. Ahí está tu monje budista zen para aclararle al interfecto del “por un poco no pasa nada” que para un celiaco el gluten es veneno. Y es posible que hasta pongas a meditar a tu monje porque siempre hay alguien que después de oír lo del veneno, insiste (guiado por su gran experiencia en el campo de la medicina y la comprensión lingüística) en que “pero por un poquito no pasa nada”, cómo si el sólo hecho de que ellos lo afirmen convierta esa sentencia en una verdad.
Sólo en una ocasión mi monje zen me abandonó: mi digestivo vio mis análisis muy bien y me dijo que lo mismo era poco celiaca y que empezara a crear tolerancia y a tomar poco a poco pan y cerveza. Tuve que salir corriendo para no agredirlo. Luego una amiga abogada me contó que dar 3 tortas a alguien sale por 200 euros si te denuncia (4 no, que se considera ensañamiento). Lamenté mucho no haber tenido esa información cuando visité a mi digestivo, porque por 200 euros me hubiera quedado la mar de agusto (lo qué no tengo tan claro es si a la tercera hubiera podido parar)
- Pasa, en definitiva, que desde antes de llegar a la mesa, el celiaco ya está desconectado de ese egregor, esa comunión, que buscamos a través de los alimentos. No está desconectado porque él quiera, ni porque los demás se lo impidan, está desconectado porque vive en otra realidad con unos parámetros difíciles de encajar en la realidad del resto de comensales. Cuesta un poquito más hacer esa conexión cuando tienes que sentar en la mesa, a tu agente del FBI, al soldado que inspecciona, al monje budista zen, al bufón y al voluntarioso ignorador de olores apetitosos y postres prohibidos. Y claro, de tanto andar lidiando con ellos, se te va hilo con los demás.
Con los años y la práctica vas dominando un poco el resbaladizo terreno de la mesa, minimizando riesgos, relajándote y tropezándote con situaciones hilarantes que luego se cuentan en los grupos de celiacos. Eso si, la mesa nunca deja de ser un campo de batalla para el celiaco.
Ah, y por fortuna, también pasa que tu pareja busque al otro comensal que se sentará a tu lado y lo aleccione. Que tus sobrinitos más pequeños en cualquier comida hagan la ronda coñazo a todos los asistentes del “no se puede tocar el plato de la tita ni tirarle migas porque se muere” (reconozco que son un poquito dramáticos pero les veo futuro en el mundo de la publicidad). Qué cuando sales con las buenas amigas te dejen a ti siempre elegir donde vais porque controlas todos los bares para celiacos de la provincia (de cualquier provincia). Que familiares/amigos te tengan siempre algo de picar/comer cerrado y cerveza sin gluten cuando te invitan a sus casas.
También pasan cosas buenas, cosas de esas que nos facilitan un poquito más la conexión con el resto de comensales.
Entre una mesa y un celiaco pasan muchas más cosas de las que simple vista se puede apreciar.