14/12/15

HOMENAJE A UN SABOR CAÍDO POR EL GLUTEN

Soy celiaca desde hace unos años y a mi celiaquía la trato de tú; yo la llamo La Celi, y si bien empezamos nuestra relación cómo acerrimas enemigas, con los años e intensas negociaciones, hemos llegado a una delicada y tensa tregua en donde casi todos los días hay renegociaciones y claudicaciones nuevas. Algunas veces la tregua se rompe y me suele salir caro.
Podría decirse que considero a La Celi una amiga impuesta, cuya personalidad no me gusta un pelo y con la que me veo abocada a entenderme. Y fíjense que la llamo amiga a pesar de todo, y es que, si va a vivir conmigo y me la voy a tener que llevar a todos lados (algunos bastante íntimos) creo que será más rentable tenerla de mi lado que contra mí; es una cuestión de minimizar el desgaste lo máximo posible (¡Y La Celi sabe de desgastes!)

Hoy estaba comprando en el supermercado ese de “Allíhaydetodoparalosceliacos” y mientras rebuscaba el sello del “sin gluten” o advertencias de trazas en los pimentones picantes - los señores que hacen el etiquetado alimentario son extraterrestres y tienen a los humanos por seres con superpoderes de visión - un retazo de olor a pimentón me traslado a mi infancia entre los pucheros de mi abuela, sentada al lado de la cocina de carbón, cenando sopas de ajo inundadas de pimentón, ajos fritos, huevo y trozos de ese denso pan de pueblo con el que podrías levantar una muralla defensiva si fuera menester. Y estaba yo ahí, abstraída con mi recuerdo, tan ricamente, preguntándome por qué no hacía sopas de ajo nunca, y en ese momento, oí el sonido de disco rallado que precede a la aparición de La Celi cuando hay que renegociar los tratados de nuestra tregua.
- Vengo a informarte - dijo La Celi muy diplomática - que de entre tus posesiones, me voy a quedar con casi todos aquellos sabores que están ligados a los recuerdos de tu infancia. Por supuesto - señaló con corrección - las sopas de ajo, joya de tu paladar infantil, y que tan trenzado está al cariño de tu abuela con los cinco sentidos de tu cuerpo, pasan a ser territorio vedado para ti a nivel degustación.
- Existen muchos panes sin gluten - le respondí intentando aparentar un optimismo aceptable - aún no hace falta sacrificar nada - pero lo decía sabiendo que en el miserable poker del gluten, La Celi siempre lleva escalera de color, y claro, con esas cartas se traga mal los faroles y le gano pocas veces.

De entre las muchas claudicaciones y cesiones que he hecho, ha sido la primera vez que soy consciente que, muchos de los sabores de mi infancia no podré volver a experimentarlos tal cómo están en mi memoria; nunca más volveré durante unos segundos al territorio de mi niñez a través de ciertas comidas ¡Y lo acepto! Pero no volver nunca a esas sopas de ajo con el macizo pan de pueblo, me ha supuesto una perdida de las que duelen un poco.
¡Ja´puta La Celi!

HOMENAJE A UN SABOR CAIDO POR EL GLUTEN
Sopa de ajos de mi abuela:
-Un puñain de ajos (mi abuela era asturiana y cómo cualquier abuela medía a su bola)
-Dos cucharines de pimentón
-Un huevo
-Aceite, sal y agua
-Pan recio (de trigo), a ser posible del día anterior.
Se sofrien los ajos con el pimentón en una sartén, se echan al agua y cuando hierva se casca el huevo y se menea el agua para que se hilache, inmediatamente se le añaden los trozos de pan cortados en laminas pequeñas y gordas, se deja hervir 5 minutos, y se pone a reposar una hora que el pan se vaya bebiendo la sopa antes de servirla.


¿A qué todos los celiacos saben por qué esta sopa no es adaptable ni lejanamente?

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