Soy celiaca desde hace unos años y a
mi celiaquía la trato de tú; yo la llamo La Celi, y si bien
empezamos nuestra relación cómo acerrimas enemigas, con los años e
intensas negociaciones, hemos llegado a una delicada y tensa tregua
en donde casi todos los días hay renegociaciones y claudicaciones
nuevas. Algunas veces la tregua se rompe y me suele salir caro.
Podría decirse que considero a La Celi
una amiga impuesta, cuya personalidad no me gusta un pelo y con la
que me veo abocada a entenderme. Y fíjense que la llamo amiga a
pesar de todo, y es que, si va a vivir conmigo y me la voy a tener
que llevar a todos lados (algunos bastante íntimos) creo que será
más rentable tenerla de mi lado que contra mí; es una cuestión de
minimizar el desgaste lo máximo posible (¡Y La Celi sabe de
desgastes!)
Hoy estaba comprando en el supermercado
ese de “Allíhaydetodoparalosceliacos” y mientras rebuscaba el
sello del “sin gluten” o advertencias de trazas en los pimentones
picantes - los señores que hacen el etiquetado alimentario son
extraterrestres y tienen a los humanos por seres con superpoderes de
visión - un retazo de olor a pimentón me traslado a mi infancia
entre los pucheros de mi abuela, sentada al lado de la cocina de
carbón, cenando sopas de ajo inundadas de pimentón, ajos fritos,
huevo y trozos de ese denso pan de pueblo con el que podrías
levantar una muralla defensiva si fuera menester. Y estaba yo ahí,
abstraída con mi recuerdo, tan ricamente, preguntándome por qué
no hacía sopas de ajo nunca, y en ese momento, oí el sonido de
disco rallado que precede a la aparición de La Celi cuando hay que
renegociar los tratados de nuestra tregua.
- Vengo a informarte - dijo La Celi muy
diplomática - que de entre tus posesiones, me voy a quedar con casi
todos aquellos sabores que están ligados a los recuerdos de tu
infancia. Por supuesto - señaló con corrección - las sopas de ajo,
joya de tu paladar infantil, y que tan trenzado está al cariño de
tu abuela con los cinco sentidos de tu cuerpo, pasan a ser territorio
vedado para ti a nivel degustación.
- Existen muchos panes sin gluten - le
respondí intentando aparentar un optimismo aceptable - aún no hace
falta sacrificar nada - pero lo decía sabiendo que en el miserable
poker del gluten, La Celi siempre lleva escalera de color, y claro,
con esas cartas se traga mal los faroles y le gano pocas veces.
De entre las muchas claudicaciones y
cesiones que he hecho, ha sido la primera vez que soy consciente que,
muchos de los sabores de mi infancia no podré volver a
experimentarlos tal cómo están en mi memoria; nunca más volveré
durante unos segundos al territorio de mi niñez a través de ciertas
comidas ¡Y lo acepto! Pero no volver nunca a esas sopas de ajo con
el macizo pan de pueblo, me ha supuesto una perdida de las que duelen
un poco.
¡Ja´puta La Celi!
HOMENAJE
A UN SABOR CAIDO POR EL GLUTEN
Sopa de ajos de mi abuela:
-Un puñain de ajos (mi abuela era
asturiana y cómo cualquier abuela medía a su bola)
-Dos cucharines de pimentón
-Un huevo
-Aceite, sal y agua
-Pan recio (de trigo), a ser posible
del día anterior.
Se sofrien los ajos con el pimentón en
una sartén, se echan al agua y cuando hierva se casca el huevo y se
menea el agua para que se hilache, inmediatamente se le añaden los
trozos de pan cortados en laminas pequeñas y gordas, se deja hervir
5 minutos, y se pone a reposar una hora que el pan se vaya bebiendo la sopa antes de servirla.
¿A qué todos los celiacos saben por
qué esta sopa no es adaptable ni lejanamente?
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