Por fin tengo algo bueno
que contar de La Celi, y no hablo de esa constante estimulación de
la creatividad para atajar todas las cortapisas que supone ser
celiaco, no no; que esa constante estimulación tiene más de forzado
sexo anal que de maravillosa experiencia, no se me vayan a confundir
con mis disfrutes, que por mí, La Celi se podía haber ahorrado
venir a mi vida para estimularme tanto, y ya me hubiera dedicado yo a
estudiar la teoría de cuerdas de la física cuántica o alguna otra
cosilla ligera por el estilo.
Pero por primera vez, La
Celi me ha dado algo de valor en un asunto musical que me tenía muy
preocupada.
Cómo todo hijo de
vecino, tengo en mis haberes gustos musicales muy eclécticos que he
ido adquiriendo a golpe familia, pareja, amigos, trabajo, redes
sociales, salto de mata y misceláneas varias. Pero mi última
adquisición me tenía muy reketepreocupada.
En mi largo periplo por
géneros, compases y ritmos degenerados, pasé de, cantar
adolescentemente a Los Chichos cómo si me fuera arrancar el alma en
cada estrofa, a silbar con maestría a Coltrane o Los Conciertos de
Brandemburgo paladeando cada nota, acorde...
Por el camino tuve
aventuras ilícitas con artistas de dudosa catadura, cuyo nombre no
recuerdo porque eran flor de un día. ¡Vale, a un par de ellos si
los recuerdo! Y si, sigo queriendo a Camela y al Fary. De tarde en
tarde, después de asegurarme que tengo el Spotify en sesión muy
privada privadisima, me pongo un par de canciones y hasta fantaseo
que, lo mismo que los hipsters rescataron a Raphael, algún día,
quizás, rescaten al menos a El Fary; una vez un fan me permitió ver
levantado en 3D Farylandia y los niveles de lisergia alcanzados
fueron cuantiosos ¡No podemos dejar que eso se pierda!
Ha habido dos amores
musicales en mi vida: el jazz y el rap.
Tuve un largo e intenso
romance con el Jazz ¡Pero de los romances chicharreros grandes y
duraderos! Que me enchufaba yo a Charlie Parker el uno de Febrero (a
8 horas diarias), y lo quitaba el 5 de Agosto para seguir con A Love
Supreme hasta finales de año y en el mismo número de horas. Y así
me iba yo merendando saxos año tras año.
Y aunque fue un amor
largo, denso y pasional, ahora sólo nos vemos en ocasiones
especiales; el espacio dónde nos encontrábamos desapareció hace
tiempo y nos cuesta hallar un lugar para reunirnos.
Con el rap también tuve
durante años un intenso affaire en el trabajo ¡La típica cana al
aíre que se echa en tu entorno laboral! No me gustaba ni atraía
nada, pero trabajaba en una empresa en dónde al llegar controlaba el
hilo musical de la oficina, pero a la media hora de mis más
escogidas piezas de jazz (¿A quién no le gusta Stan Getz? ¡Eso
sólo puede suceder si no tienes corazón!), me lo capaban diciendo
que ya era suficiente de música de negros que se mueren soplando, y
a todo volumen entraban aquellos raperos con voz de mata madres
rajando tímpanos. Y en fin y tal, lo uno llevo a lo otro, lo otro a
lo uno, y sin darnos cuenta fue surgiendo el amor y nos acabamos
liando.
Siempre supe que era un
amor pasajero, pero fruto de aquella relación, rapeo yo a Doctor
Dre, los Violadores del Verso o a la Mala Rodriguez con un arte que
quita er sentío.
Mi inmensa promiscuidad
musical me ha hecho picotear en muchos terrenos y muy variados, pero
ha habido uno que siempre me fue ajeno: el reguetón. Qué no digo yo
que no tenga su “aquello”, pero siempre me produjo una cierta
desazón inexplicable.
Pero oye, que hace unos
meses empecé a tararear a Juan Magan, Paulina Rubio y Dasoul. De
mano le eché la culpa al runrún machacón de los medios con ciertos
artistas, luego me reprendí por llevar las barreras intelectuales
bajadas ante esos ataques rítmicos, pero nada; era sonar por
cualquier lado el “Vuelve” y me enganchaba yo a berrear con el
Magan y su panda y a bailar y disfrutar cómo si el apocalipsis fuera
mañana a las tres menos veinticinco. Luego, llena de vergüenza, me
justificaba diciendo que, lo que me pasaba era que necesitaba hacer
ejercicio, y mi cuerpo me lo comunicaba de esa manera.
Seguí justificando mi
nueva perversión hasta que hace una semana me vi guardando en el
Spotify el álbum de Juan Magan y Paulina Rubio, y claro, ahí ya
tuve que tomar cartas en el asunto porque los álbumes de la
Holliday, Coltrane, Cohen y otra serie de Grandes Señores/as del
asunto musical me miraron torcido de verse compartiendo espacio con
esa gente. ¡Así que llame a La Celi!
- Oye tú - le dije muy
sería y circunspecta - ¿Has andado toqueteando en mi química
cerebral? - y cómo la conozco y sé que es de natural tocapelotas y
revuelve en todos mis adentros, añadí – Ya sabes que tenemos
firmada una tensa tregua en nuestra relación, y que cualquier cambio
me lo tienes que comunicar.
- ¿Qué pasa? - preguntó
ella muy críptica
- Pues pasa que ahora me
tira el reguetón ¡Y eso si que no! ¡Reguetón y Cohello jamás!
¿Es cosa tuya?
- Ah eso - me responde
así cómo muy conciliadora ella, y cruzando los brazos sentencia -
¡Me gusta el reguetón! Me pone de buen humor. Ea
De mano me cabreó mucho
(es algo muy traumático vivir estas experiencias), pero ya luego
respiré tranquila porque me sentí aliviada y tal. Qué no sabía yo
cómo digerir esa nueva afición al reguetón (¡Qué pasaba unas
vergüenzas muy grandes!), pero si es cosa de La Celi es diferente,
que yo no tengo la culpa de que sus gustos sean tan así de esa
manera, además, seguro que es una etapa pasajera adolescente, y
mientras le controle el gluten y no le de por ponerse un piercing en
el ombligo, no hay de que preocuparse.
Por una vez en nuestra
tortuosa relación me sirve para algo útil La Celi, y recomiendo que
si alguno de ustedes tiene un dolencia con personalidad propia,
procure adjudicarle todos los gustos que sean de dudosa reputación.
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