Hace unos años, me pasé tres meses
entrando y saliendo de urgencias con una supuesta gastroenteritis que
no remitía con nada. Cuando ya había perdido peso en exceso y tenía
pinta de haber trabajado toda la vida con Madame Curie, llegaron el
ingreso, las pruebas y esa amiga para toda la vida que te endosaban
porque si: Ella; La Celiaquía.
Yo no me la quería llevar a casa,
insistí en que ya tenía amigos de sobra y no me hacía falta una
más, pero el personal hospitalario se rió una pechá y me dijeron
que a ver si pensaba que me estaban dando a elegir.
Total, que me la traje a regañadientes
(sabido es que a la fuerzan ahorcan), y cuando llegamos a casa, senté
a mi nueva muy mejor amiga y le dije muy seria señalándola con el
dedo
- Cucha Celi, a partir de ahora vamos a
vivir juntas y tendremos que hacer algunos cambios y adaptarnos y tal
y tal, pero algo te voy a decir: yo tengo una vida, que sin ser
perfecta me gusta y de vez en cuando hasta me lo paso bien, y no voy
a empezar a cambiar mis planes, ni a andar contando contigo sólo por
el hecho de que tú seas una tikismikis con la cosa esa de los
cereales. Siento decírtelo de esta manera, pero, pese a vivir
conmigo, no estás incluida en mis planes. Puede que no te guste –
le dije tal que una perdonavidas – pero, a mí tampoco me preguntó
nadie si tú me gustabas y aquí estás ¡Es lo que hay! Así que
vamos a llevarnos bien, calladita y no molestes.
Y va la muy chula, se me levanta con
los brazos en jarras, la cabeza toda estirada y frunciendo los
morros me dice con voz petulante - ¡Ja, ja y reketeja! Yo voy
contigo a todos los lados, quiero que me presentes al personal y
alternar con ellos ¡He dicho!
- Arrogancias a mí las mínimas Celi –
le dijé con la firme convicción de que nadie me iba a torear – Ya
sabes que, además de tener muchos conocimientos sobre alimentación
(resultaron no ser suficientes), soy un pozo sin fondo leyendo, así
que, por la ignorancia nunca me atajarás (me atajó, pero sólo un
tiempo), ten presente que por las malas nunca sacarás nada de mí
(vaya si lo sacó) – y en plan engreída-pedantona rematé - La
filosofía me ha enseñado que siempre tengo elección, jamás cederé
al chantaje (¡Qué ingenuo es uno cuando está en la adolescencia de
su celiquía!)
Al principio no lo sabes (o no quieres
saberlo, que viene a ser lo mismo) pero La Celi no es que sea chula,
es lo siguiente, y de las que no se bajan del burro te pongas cómo
te pongas, y vaya si le gusta alternar y hacer vida social.
Los primeros tiempos pasaba de ella,
pero al final no me quedó otra que claudicar; mi historia con ella
está llena de claudicaciones, los médicos deberían advertir de los
daños colaterales que causa la EC, cómo claudicación continua,
frustración y surrealismo variado ¡Es que no te cuentan nunca nada
de lo importante!
Hubo muchas negociaciones entre La Celi
y yo ¡Pa na´! Porque la muy puñetera a todo respondía
“¡Contaminación cruzada, contaminación por transferencia!” Y
si, siempre tenía elección cómo decía la filosofía, o la escogía
a ella o a la cagalera con tripotazo y demás bonitos síntomas.
Tengo que volver a leer sobre esa parte de la filosofía a ver donde
viene lo de las elecciones y la diarrea, porque no lo recuerdo tan
escatológico.
Así que La Celi acabó metiéndose en
todos los asuntos de mi vida, entró arrasando cómo si fuera un
elefante en una cristalería y se puso a bailar la conga con un
cartel que decía “he venido para quedarme”.
La tenía que llevar a todos lados,
casi siempre con alguna cosilla de picar en el bolso por si no
encontraba nada de comer, porque yo, como de todo, pero ella no, y
claro, servidora maneja el asunto de la voluntad y el libre albedrío,
pero La Celi se ocupa del asunto intestinal.
Y si, alterna mucho conmigo, le he
presentado a la familia, amigos, un montón de camareros, empleados
de super, médicos, farmacéuticos y algún que otro extraño. Y si
bien nos costó adaptarnos la una a la otra, poco a poco fuimos
lográndolo, salvo en un asunto que me molestaba mucho y por el que
siempre discutíamos sin llegar a ningún lado: la salivación ante
olores y alimentos prohibidos (que en el caso de lo celiacos suelen
ser casi todos si no estás en tu casa).
Pasábamos las dos por cualquier calle
y al oler las pizzas o algún aroma pastelero se te hacía la boca
agua, el estómago bailoteaba y venga más saliva. Al principio me
cabreaba - ¡Coño Celi deja ya de hacerme la boca agua que sabes que
no lo podemos comer! - luego opté por ser cariñosa y paciente,
diciéndole - nena, que no puedes andar salivando cada vez que vemos
u olemos algo, venga va, olvídalo, pasa de ello - Pero no funcionó,
así que tuve que tomar cartas en el asunto y volví a sentar a La
Celi y a hablarle muy clarito, y esta vez tendría que ser
contundente y enfrentarme a ella cómo lo hago con cualquier macho
alfa de mi manada de perros (y es que La Celi es el macho alfa de mi
manada de arrechuches).
- Cucha otra vez Celi – yo muy seria
e inquebrantable - ¿Ves al perrazo ese negro que parece una bestia
parda salida del averno? - ella lo miró con chulería porque mis
perros no le dan miedo (el pienso canino si; mucho gluten y tal) –
Es Rinty, un macho muy dominante de pastor checoslovaco con 45 kilos
de musculo. Podría arrancarme la cabeza de dos bocados, el brazo de
un tirón de correa y no consiente jamás que se socave su autoridad,
pero, cuando yo le digo quieto, que se siente, se vaya a casa, dar, o
simplemente la palabra “no”, el obedece ipso facto, y ni siquiera
es de mi especie ni hablamos el mismo idioma. Elige, o me ayudas en
esto o a ti te acabo poniendo yo cómo al Rinty aunque no vuelva a
salir de casa jamás de los jamases – el truco en estas cosas de
enfrentarse a sujetos alfa es que no dudes siquiera una milésima de
segundo de tu autoridad, hay que trasmitir que la única opción es
la que tú ofreces y no es negociable.
El caso es que debí de impresionarla
bastante, sinceramente, estaba jartita de perder siempre en el
miserable poker de la celiaquía; La Celi siempre llevaba alguna
escalera de color. Pero esta vez la hice dudar ¿Y sí por casualidad
yo tenía una escalera de color más alta que la suya?
- La mayoría de conocimientos que
tienes son extrapolables a otras áreas – me respondió La Celi muy
serena hablándome con respeto por primera vez - ¿Qué haces con un
perro cuando le quieres quitar un vicio o costumbre indeseable?
- Básicamente - respondí yo muy
alucinada y docta - hay que estar pendiente del estímulo que
desencadena ese comportamiento y distraerlo nada más empieza, e ir
condicionándolo a otro comportamiento más aceptable hasta
desarraigar el comportamiento indeseable. Existe también la opción
de castigar al animal cómo método represivo, pero nosotros sólo
practicamos el adiestramiento en positivo en donde jamás se castiga
al animal y ...
- Si si si, bla, bla, bla – me cortó
con su chulería habitual; es que es chula y ya está – resumiendo,
distraes al cerebro para que deje de centrarse en ese estímulo y
vaya aprendiendo un comportamiento diferente ante él. No es a mí a
quien tienes que adiestrar y modificar la conducta – y me pareció
verla sonreír – Puedo quitarte muchas cosas, no dejaré de hacerlo
nunca; Soy La Celi, es mi naturaleza, pero si eres cuidadosa, estás
atenta y te esfuerzas un poco, puedo darte pequeñas joyas de gran
valor y utilidad.
Ese fue el momento en que me reconcilié
con mi celiaquía, fue la primera vez que La Celi me ofreció algo
bueno: Una constante estimulación de la creatividad para aplicar
conocimientos muy variados y de muy diversos campos buscando atajar
los mil y un problemas de ser celiaco; me pareció una ofrenda paz
que no podía rechazar, así que le dije con cariñito cargado de
cansancio
- ¿Quieres ser mi amiga y dejamos ya
de pelearnos?.
Lo de cómo nos fue en el
adiestramiento canino para dejar de salivar, diré que, os podéis
comer un limón delante de mí sin que yo suelte una gotita de
saliva, pero eso, os lo cuento otro día.
* Muchas gracias a todos los que me
dejáis mensajes sobre mis “parrafadas”(mi vanidad jamás ha
estado tan gorda) y que nunca contesto (mi cortesía sufre delgadez
extrema). Mi tiempo es limitado, y soy yo la que se considera
agradecida por prestarme un espacio (y parte de vuestro tiempo) para
hacer terapia con las complicaciones que me supone la celiquía día
a día. Lo cierto es que me ahorráis un montón de pasta en
psiquiatras.
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