18/7/15

COSAS QUE PASAN ENTRE UN CELIACO Y UNA MESA

No nos damos cuenta hasta que punto está articulada la vida cotidiana, intelectual o social en torno a la comida y la bebida. Desde una simple reunión familiar hasta el acto de ver a tus amigos o asistir a cualquier espectáculo, todo pasa por esa articulación social de compartir comida y bebida ¿Qué gracia tiene ir al cine o a un museo si luego no te tomas algo y compartes tus impresiones?
Incluso a nivel político, da igual que construyamos reinos, dictaduras, parlamentos o repúblicas, las grandes decisiones de la historia, se toman en una mesa alrededor de comida y bebida; las grandes y las diminutas.
Hay algo innato a nuestra especie en el hecho de compartir alimentos y decisiones alrededor de la comida, ya sean insignificantes, atroces o bellas ¡Pero siempre en la mesa! A través de los alimento intercambiamos muchas emociones e intentamos lograr una especie de egregor (mente colectiva de grupo que nos hace vibrar a todos en la misma sintonía) que nos acerque más los unos a los otros; el vehículo para lograr esa sintonía es la comida y la bebida.
Pero ¿Qué pasa cuando parte de esa comida/bebida es tu enemiga y la mesa un escabroso campo de batalla a sortear? ¿Qué pasa cuando no puedes probar nada de lo que hay en la mesa? ¿Qué pasa cuando estás sentado con otros comensales y no puedes concentrarte en nada porque andas vigilando las migas que se esparcen cerca de ti y tapando tu plato cada vez que pasan un trozo de pan por encima de un comensal a otro? 
¿Qué le pasa a ese celiaco que se sienta a la mesa con todos los demás?
- Pasa que llega a la mesa cómo un agente del FBI, vigilando donde anda el pan y otros alimentos ricos en gluten para escoger el asiento más alejado de ellos.
Los demás llegan relajados y tranquilos a la mesa, el celiaco llega cómo un soldado que inspecciona el terreno con todas las alertas activadas ante el enemigo glutanero. Y hasta que no se recoja absolutamente todo de la mesa, no dejará de apatrullar el campo de batalla.
- Pasa que cuando el celiaco se sienta, da igual que sea entre familiares, amigos o conocidos, a los que tiene a su derecha e izquierda les da obligatoriamente la chapa con que es celiaco y que por favor tenga cuidado con las migas porque sólo necesitas una molécula para estar fuera de cobertura toda la semana. Si son familiares o amigos muy cercanos, resulta más fácil; bueno, resulta fácil caso de que hayan decidido ser compresivos, entender el problema y no tomarte por un neurótico, que de todo hay en la viña del Señor.
- Pasa que raramente te libras de oír esas dos frases que tanto gustan y tan feliz hace a los celiacos: “yo sin pan no podría vivir”, y la favorita “por un poco no pasa nada”.
Ahí es donde entra a trabajar tu monje budista zen. Para no darle un cogotazo al que no podría vivir sin pan y callarte que no es una elección que es una imposición. Ahí está tu monje budista zen para aclararle al interfecto del “por un poco no pasa nada” que para un celiaco el gluten es veneno. Y es posible que hasta pongas a meditar a tu monje porque siempre hay alguien que después de oír lo del veneno, insiste (guiado por su gran experiencia en el campo de la medicina y la comprensión lingüística) en que “pero por un poquito no pasa nada”, cómo si el sólo hecho de que ellos lo afirmen convierta esa sentencia en una verdad.
Sólo en una ocasión mi monje zen me abandonó: mi digestivo vio mis análisis muy bien y me dijo que lo mismo era poco celiaca y que empezara a crear tolerancia y a tomar poco a poco pan y cerveza. Tuve que salir corriendo para no agredirlo. Luego una amiga abogada me contó que dar 3 tortas a alguien sale por 200 euros si te denuncia (4 no, que se considera ensañamiento). Lamenté mucho no haber tenido esa información cuando visité a mi digestivo, porque por 200 euros me hubiera quedado la mar de agusto (lo qué no tengo tan claro es si a la tercera hubiera podido parar)
- Pasa, en definitiva, que desde antes de llegar a la mesa, el celiaco ya está desconectado de ese egregor, esa comunión, que buscamos a través de los alimentos. No está desconectado porque él quiera, ni porque los demás se lo impidan, está desconectado porque vive en otra realidad con unos parámetros difíciles de encajar en la realidad del resto de comensales. Cuesta un poquito más hacer esa conexión cuando tienes que sentar en la mesa, a tu agente del FBI, al soldado que inspecciona, al monje budista zen, al bufón y al voluntarioso ignorador de olores apetitosos y postres prohibidos. Y claro, de tanto andar lidiando con ellos, se te va hilo con los demás.
Con los años y la práctica vas dominando un poco el resbaladizo terreno de la mesa, minimizando riesgos, relajándote y tropezándote con situaciones hilarantes que luego se cuentan en los grupos de celiacos. Eso si, la mesa nunca deja de ser un campo de batalla para el celiaco.
Ah, y por fortuna, también pasa que tu pareja busque al otro comensal que se sentará a tu lado y lo aleccione. Que tus sobrinitos más pequeños en cualquier comida hagan la ronda coñazo a todos los asistentes del “no se puede tocar el plato de la tita ni tirarle migas porque se muere” (reconozco que son un poquito dramáticos pero les veo futuro en el mundo de la publicidad). Qué cuando sales con las buenas amigas te dejen a ti siempre elegir donde vais porque controlas todos los bares para celiacos de la provincia (de cualquier provincia). Que familiares/amigos te tengan siempre algo de picar/comer cerrado y cerveza sin gluten cuando te invitan a sus casas.
También pasan cosas buenas, cosas de esas que nos facilitan un poquito más la conexión con el resto de comensales.
Entre una mesa y un celiaco pasan muchas más cosas de las que simple vista se puede apreciar.

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