Soy agricultora celiaca y cultivos
cítricos ecológicos. Ya sé que no hacía matizar que era celiaca,
y hasta he estado a puntito de decir que mis cítricos no tienen
gluten en plan garbanzos del Mercadona, pero mi realidad se mueve
entorno a la celiaquía, y si, La Celi (mi Celi puñeterilla que me
acompaña a todos los lados) también influye en mi trabajo.
Por ejemplo, en verano, en uno de esos
días que recogen la naranja a 40 y pico grados y llega la hora de
comer, hago limonada fresquita y se la suelo llevar a los
recogedores.
A lo largo de 20 años he visto cómo
las cuadrillas de recogedores de fruta han ido variando de
nacionalidad; desde la fría Rusia de los 90 que nos dejó hasta un
par físicos hablando cuatro idiomas y recogiendo mandarinas, pasando
por todas las nacionalidades de países del este y africanas, hasta
los años de crisis que nos llevó de nuevo al español y a
reencontrarnos con gente del pueblo que se había estrellado en la
construcción, desde entonces, ha llovido mucho y se han hablado
muchas lenguas entre mis árboles.
Por fortuna para mi Celi, desde que
ella llegó años ha, todos los recogedores son de por aquí cerca,
así que, cuando les arrimo limonada o refrescos, y me ofrecen
sentarme y compartir un trozo de salchichón, les explico que soy
celiaca y que no puedo comer de casi nada porque me pongo muy
enferma.
Los primeros tiempos con La Celi daba
más explicaciones de lo que era el gluten y los cereales y tal (que
acababa pareciendo Jesús predicando en el monte de los cítricos),
pero era para peor porque la gente se me liaba y terminaban por
mirarme raro (con ese gesto tan peculiar de “pareces un poco
tocadilla del ala y sospechamos que se te está yendo la pinza un
pelín”).
Con la sentencia de “soy celiaca y no
puedo comer de casi nada” cómo nadie tiene claro que es la EC., y
les da un poquito de vergüenza preguntar, puedo rechazar alimentos
sin ofender y sin resultar altanera, y así, en lugar de parecer una
zumbada de la comida, tan sólo resulto misteriosa; misteriosa
tocadilla del ala y con la pinza desviada.
En la última campaña de cítricos,
después de uno de esos días de sube, baja, correveydile, anota,
habla por teléfono, cuenta, pesa, etc. A las 8 de la noche, mi
marido y yo caímos en que la nevera y alacena estaban tiesas porque
llevábamos no sé cuantos días con el mismo plan, así que salimos
corriendo al supermercado ese de Allihaydetodoparalosceliacos.
Llegamos a toda pastilla, enchufamos la
moneda al carro y nos pusimos a hacer spring por los pasillos. Y la
gente nos miraba raro, al principio no le presté atención porque
tenía media hora para hacer la compra, tempus fugit, pero si algo
reconozco son las miradas raras (merced a la celiaquía las he ido
catalogando todas). Miro a mi costilla y veo que él no tiene nada
raro, ok, no es él, así que soy yo. Me miro, pero no me veo nada
anormal, y por si acaso le pregunto a él.
- ¿Tú me ves algo raro? ¿Tengo algo
en la cara? ¿Me ha salido alguna protuberancia en la espalda o algo
así?
- Pues no - me responde tras echarme un
vistazo de arriba a abajo - estás cómo siempre.
- Pues la gente nos mira – le replico
toda intrigada – y yo tampoco te veo nada que pueda llamar la
atención, pero nos miran.
- ¡Entonces va a ser porque somos
guapos! - me dice muy satisfecho.
- Perdona Brad Pitt, ese tren me da que
pasó hace un rato, pero puedes llamarme Angelina si te hace ilu. Yo
creo - le digo muy seria mientras sigo con mi runrún – que me
miran porque soy celiaca, que los celiacos levantamos muchas
expectación – aclaro con la fingida humildad de una estrella de
Hollywood – somos exóticos a nivel alimenticio.
- Perdona mi ferroviaria Angelina, ese
tren ni siquiera ha salido de la estación ¿Los celiacos levantando
expectación?
- ¡Si, y mucha! - yo erre que erre, ya
que me he subido a la burra, no me voy a bajar tan fácil - eso sí,
para la expectación necesitamos una mesa de por medio o un sarao
con comida - aclaro mientras mientras meneo una berenjena en plan
magistrado del Tribunal supremo con su mazo - ¡Si es que me discutes
por discutir! - cómo el reponedor de verdura anda por allí me
contengo de pegar un berenjenazo en el peso en plan sentencia, pero a
puntito estuve.
- ¡Qué no, qué no cuela! Dime una
sola ocasión en la que hayas levantado expectación celiaca.
Me quedo pensando un segundo y me viene
a la mente el último gran sarao familiar; la boda de mi sobrino
Pablito (Pablito se está quedando calvo y echando la barriguilla de
la edad, pero siempre será sobrinito)
- ¡La boda de Pablito! ¿O me lo vas a
negar? - pregunta con nivel de chulería aproximándose al 99% - que
estaban los camareros de la parrilla allí, todos nerviosos a la
aparición del celiaco.
- ¿Y no sería que esperaban a un
señor madurito y cuando dijiste a los de la parrilla que tú eras el
celiaco (en masculino) se pensaron que eras un transexual monísimo?
-Es que iba monisima, que lo uno no
quita lo otro. Son cosas que pasan al usar el pronombre masculino
cómo genérico ¡Pero expectación celiaca y caras de asombro hubo
una jartá! Al menos hasta que me contaminé y me tuve que ir.
- No sé que decirte de tu expectación
celiaca, pero ahora si sé por qué nos miran; llevamos 5 minutos
haciendo mimo, tú con la berenjena y yo con el racimo de plátanos.
Vamos a acabar la compra.
Cuando llegamos a casa, nos ponemos a
descargar las bolsas y una sobrina que anda por aquí me saluda y
pregunta si venimos de hacer la compra.
- ¿Habéis ido con esas pintas? -
pregunta la sobrina conteniendo la risa.
Me quedo un poco ojiplática, miro a mi
costilla y a mí alternativamente y reconozco que conjuntar, no nos
conjuntamos mucho. Él lleva unos pantalones escurridos y machacados
de un color indefinible, con estampados de tierra, hierbas y aceite
de motores varios, la camiseta no sale mejor parada que el pantalón
y se podría jurar que esa prenda jamás fue nueva o moderna; al
menos no desde el paleolítico.
Mi atuendo va a juego con el de mi
marido; pantalón de colorines imposibles y dibujos fractales que
provocarían desprendimientos de retina en masa en los carnavales de
Cádiz, camiseta que inicialmente era rosa fosforito y ahora se ha
convertido en un color nuevo que no existe en la tabla de colores, y
sandalias de margaritas con calcetines que se aproximan al verde sin
llegar a conseguirlo (ponerse calcetines con las sandalias es la gran
joya de la importación guiri, y lo recomiendo con entusiasmo). Fuera
parte de que ambos llevamos pegadas hierbas de esas cuyas semillas
hay que sacar con bisturí y alguna que otra hoja por el pelo.
- Pues tu tía empeñada en que nos
miraban por expectación celiaca – le dice mi marido a la sobrina
con retintín – menuda chicharrera le ha dado en el super.
- No Tita no - me responde la sobrina –
no era expectación celiaca; es por el atentado de lesa majestad al
decoro y el estilismo.
- Si ya, atentados estilísticos, pero
si se lo ponen cuatro modelos famélicas de Desigual entonces es moda
¡Que sepáis que esto lo voy a contar en internet! Y se titulara
“Expectación celiaca” ¡Ea!
Y bueno, ya lo he cascado.
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