Tengo un par de grupos de anécdotas de
celiacos en mi fisbu que me resultan una jartá de terapéuticos. Es
que es entrar en ellos y empezar a leer, y de repente, tal que si me
hubiera tomado un valium muy gordísimo, dejo de sentirme un
neurótico perro azul marino que habla en taiwanés y veo que
recupero mi condición de mujer-humana-normal-hablando español; me
siento comprendida e identificada de mil maneras, y la verdad, me
permite liberar muchas frustraciones (creo que deberían incluir la
frustración cómo un daño colateral de la E.C.)
El caso es que me ha pasado una cosa
muy curiosa: He sufrido envidia de un celiaco y su dieta.
Nunca pensé que se podría envidiar a
un celiaco y su dieta (nadie podría envidiar las complicaciones y
limitaciones que impone, y las terribles consecuencias que supone
saltársela, además, ya soy celiaca) pero yo lo he conseguido, así
que vengo a quejarme de mi misma.
Hace unos meses me comunicaron que
tenía una dolencia que implicaba tratarla conjuntamente con una
dieta severa en donde me restringirían varios alimentos. Y cómo una
empieza a ser celiaca vieja y más chula que un ocho en todo a lo que
a voluntades y dietas se refiere, antes de oír nada solté yo toda
bravucona.
- ¡La dieta para mí no es un
problema! - y me quedé más ancha que larga.
El médico me pasa un papelote inmenso
y comienza a leer – nada de lácteos, nada de huevos, nada de
tubérculos, nada de frutas dulces, nada de azúcar, nada de harinas
refinadas, nada de levaduras y nada de cualquier tipo de glutamato,
conservante, colorantes, potenciador del sabor, etc.
Ya cuando iba por las harinas
refinadas, estaba casi rezando porque me temía lo peor – las
levaduras no, las levaduras no ¡No te las lleves! Arráncame el
azucar, el chocolate – clamaba yo cómo una Escarlata O´Hara para
mis adentros – llévate las castañas glaseadas ¡Pero el pan y la
cerveza noooo! ¡En verano y en Málaga no!
Cuando le pregunté al médico (ya sin
bravuconerias y con la cabeza gacha) cuanto tiempo tenía que hacer
esa dieta, me dice muy críptico – depende, de tres a seis meses
pudiendo llegar al año. Te haremos analítica todos los meses a ver
cómo vas, pero la media suelen ser unos cuantos meses – y ahora
fue él el que se quedó más ancho que largo.
Salí hundida de la consulta y
releyendo una y otra vez la sección de los alimentos que si podía
tomar, que ocupaban cómo tres líneas al final del papel, y eran
arroz integral, verduras, carne, pescado y sandía (creo que la
sandia me la dieron por hacer bulto en la lista y que no pareciera
tan desangelada, porque está consideraba una fruta dulce, pero
¿Quien se ha comido una sandía dulce en los últimos diez años?)
¿Sabéis lo difícil que es tener una
crisis de esas de ansiedad en la que te tiras a la nevera intentando
calmar las hambres insatisfechas con semejante dieta? Porque yo, sé
que tengo que respetar la nueva dieta, pero mi cerebro y mi cuerpo
son unos cabroncetes y parece que no se enteran. Y cuando me levanta
mi body traidor y su complice a la nevera con toda la ansiedad del
mundo, tengo para calmarla: la sandía, (que desde la primera semana
de dieta me sale por las orejas y estoy casi segura que me están
naciendo pepitas por dentro) un bol de garbanzos cocidos, un tarro de
bonito en aceite y cuatro lechugas ¡Locuraaaaaaa!
¡Es que no es serio! Así no hay quien
tenga un crisis de ansiedad decente. Con media tableta de chocolate
si, pero ¿Cómo quedo yo delante de mi marido o mis amigas cuando
les cuente que anoche me dio el yuyu comilón y arrasé con toda la
lechuga y el bonito en aceite? Eso sin mencionar que este tipo de
alimentos no producen ninguna sensación de culpabilidad después de
haberte atracado
Pues en estos menesteres de dietas y
ansiedades andaba, cuando mi marido me invita a cenar en mi
restaurante de celiacos favorito (Casa Juan). Favorito entre muchos
celiacos de Málaga porque tiene profundos conocimientos de la E.C.,
extremo cuidado con esos detalles que tanto nos estresan a los
celiacos, cocina separada, freidora aparte y postres.
Nos sentamos en una mesa y pedimos unos
pescado plancha (creo que es el único sitio en donde me atrevo a
pedir planchas) lechuga y agüita para beber. Cuando miro a la mesa
de al lado veo un par de cervezas Daura, bolsitas de piquitos y pan
sin gluten, y no me pude contener ¡Me saltó el Dar Vader que llevo
dentro!
- Mira al celiaco ahí, tan feliz,
comiendo sus pescaitos malagueños rebozados en harina de garbanzo
refinada. Y ya va por la segunda cerveza sin gluten con todo el
descaro. Y míralo, venga a comer piquitos y seguro que hasta
mojeteará el pan en la salsas con toda la gula del mundo y sin
esconderse – en medio de todo este incendiario monólogo interior,
llega el camarero a tomar nota de los postres a la mesa del celiaco,
me palpita el ojo y sigo con la retahíla - ¡Claro, postres también!
Ale, azúcar y lácteos, claroooo ¡Cómo sólo eres celiaco y aquí
hay postres sin gluten! - a partir de aquí ya se me estaba yendo la
pinza del todo - ¡Mi tesoro, mi dieta celiaca! ¡Mi tesoro, mi
tesoro, mi dieta celiaca! ¡Mitesorooooooooo!
Entonces mi marido me llama la atención
y me pregunta todo extrañado qué hago, porque llevo un buen rato
abstraída mirando a no sé sabe dónde y poniendo caras raras. Toda
crispada, tal que si hablara de un asesino en serie le respondo
bajito y arrastrando las sílabas - Hay un celiaco en la mesa de al
lado ¡Estoy envidiando al celiaco!
- ¿De verdad estás sintiendo envidia
de un celiaco? - pregunta todo incrédulo.
- ¡Si! - respondo ofuscada - La
envidia es el deporte nacional y yo soy muy patriota.
- Pues chica, ahora mismo te pido una
cerveza sin gluten, porque el hecho de que te saltes la dieta un día,
no me parece tan grave cómo que pierdas todos los puntos del karma –
y puntualiza – envidiar a un celiaco quita muchísimos puntos; que
vuelvas en tu próxima vida cómo cucaracha por tanta envidia
celiaquil sería una pena.
- ¿Nos hemos hecho budistas y te has
olvidado comentármelo? - pregunto ante tanto karma, puntos para la
reencarnación y cucarachas
- Además – me dice todo resuelto y
feliz obviando mi interés por nuestras nueva inclinación religiosa
– Esta dieta ha sido una bendición; me alegro muchísimo.
- ¿Qué dices? - pregunto con asombro
alucinado - ¡Mira que hay armas blancas en la mesa y objetos
contundentes cercanos!
- Pues verás, cuando dentro de unos
meses acabes con esta dieta ¡Nunca jamás volverás a reprocharle
nada a la dieta celiaca! Serás la mujer más feliz del mundo mundial
porque tu dieta es supervariada y maravillosa. Es cómo el cuento ese
del monje que practicaba el ascetismo y el ayuno, y sólo se
alimentaba muy de tarde en tarde de hierba del campo, se consideraba
el hombre más bueno y humilde la tierra, hasta que un día miro
hacía atrás y descubrió un monje que sólo se alimentaba de las
hierbas que él iba descartando, tirando o dejando a medio comer.
- Sólo tengo dos preguntas, una ¿Puedo
regodearme y ser feliz cuando acabe la dieta? Ahora me resulta del
todo imposible. Y dos ¿Nos hemos hecho budistas, si o no? Porque te
veo trajinando mucho con el karma, los monjes y tal.
Luego ya, de la que se iba la mesa de
al lado, le pedí disculpas al Universo por haber envidiado a un
pobre celiaco con tanta inquina, y según se alejaba le deseé suerte
- ¡Pero anda la pechá de pan que se ha pegado el celiaco! - saltó
mi Dar Vader en los interiores malmetiendo e intentando poseerme de
nuevo - ¡Tú a callar! Respondí enseguida a mi lado oscuro, que a
partir desde hoy vas a ir con la correa muy corta, ándate con
cuidado que ahora creo que somos budistas o algo así.
Parecía increíble, pero yo he
conseguido envidiar a un celiaco, y bueno, ahora que ya me he quejado
de mi misma, voy a ver si averiguo algo sobre nuestras prácticas
religiosas.
me se cae el culo, el rekulo, y lo que haiga farta
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