26/8/15

VENGO A QUEJARME DE MÍ MISMA

Tengo un par de grupos de anécdotas de celiacos en mi fisbu que me resultan una jartá de terapéuticos. Es que es entrar en ellos y empezar a leer, y de repente, tal que si me hubiera tomado un valium muy gordísimo, dejo de sentirme un neurótico perro azul marino que habla en taiwanés y veo que recupero mi condición de mujer-humana-normal-hablando español; me siento comprendida e identificada de mil maneras, y la verdad, me permite liberar muchas frustraciones (creo que deberían incluir la frustración cómo un daño colateral de la E.C.)

El caso es que me ha pasado una cosa muy curiosa: He sufrido envidia de un celiaco y su dieta.
Nunca pensé que se podría envidiar a un celiaco y su dieta (nadie podría envidiar las complicaciones y limitaciones que impone, y las terribles consecuencias que supone saltársela, además, ya soy celiaca) pero yo lo he conseguido, así que vengo a quejarme de mi misma.

Hace unos meses me comunicaron que tenía una dolencia que implicaba tratarla conjuntamente con una dieta severa en donde me restringirían varios alimentos. Y cómo una empieza a ser celiaca vieja y más chula que un ocho en todo a lo que a voluntades y dietas se refiere, antes de oír nada solté yo toda bravucona.
- ¡La dieta para mí no es un problema! - y me quedé más ancha que larga.
El médico me pasa un papelote inmenso y comienza a leer – nada de lácteos, nada de huevos, nada de tubérculos, nada de frutas dulces, nada de azúcar, nada de harinas refinadas, nada de levaduras y nada de cualquier tipo de glutamato, conservante, colorantes, potenciador del sabor, etc.
Ya cuando iba por las harinas refinadas, estaba casi rezando porque me temía lo peor – las levaduras no, las levaduras no ¡No te las lleves! Arráncame el azucar, el chocolate – clamaba yo cómo una Escarlata O´Hara para mis adentros – llévate las castañas glaseadas ¡Pero el pan y la cerveza noooo! ¡En verano y en Málaga no!

Cuando le pregunté al médico (ya sin bravuconerias y con la cabeza gacha) cuanto tiempo tenía que hacer esa dieta, me dice muy críptico – depende, de tres a seis meses pudiendo llegar al año. Te haremos analítica todos los meses a ver cómo vas, pero la media suelen ser unos cuantos meses – y ahora fue él el que se quedó más ancho que largo.
Salí hundida de la consulta y releyendo una y otra vez la sección de los alimentos que si podía tomar, que ocupaban cómo tres líneas al final del papel, y eran arroz integral, verduras, carne, pescado y sandía (creo que la sandia me la dieron por hacer bulto en la lista y que no pareciera tan desangelada, porque está consideraba una fruta dulce, pero ¿Quien se ha comido una sandía dulce en los últimos diez años?)

¿Sabéis lo difícil que es tener una crisis de esas de ansiedad en la que te tiras a la nevera intentando calmar las hambres insatisfechas con semejante dieta? Porque yo, sé que tengo que respetar la nueva dieta, pero mi cerebro y mi cuerpo son unos cabroncetes y parece que no se enteran. Y cuando me levanta mi body traidor y su complice a la nevera con toda la ansiedad del mundo, tengo para calmarla: la sandía, (que desde la primera semana de dieta me sale por las orejas y estoy casi segura que me están naciendo pepitas por dentro) un bol de garbanzos cocidos, un tarro de bonito en aceite y cuatro lechugas ¡Locuraaaaaaa!
¡Es que no es serio! Así no hay quien tenga un crisis de ansiedad decente. Con media tableta de chocolate si, pero ¿Cómo quedo yo delante de mi marido o mis amigas cuando les cuente que anoche me dio el yuyu comilón y arrasé con toda la lechuga y el bonito en aceite? Eso sin mencionar que este tipo de alimentos no producen ninguna sensación de culpabilidad después de haberte atracado

Pues en estos menesteres de dietas y ansiedades andaba, cuando mi marido me invita a cenar en mi restaurante de celiacos favorito (Casa Juan). Favorito entre muchos celiacos de Málaga porque tiene profundos conocimientos de la E.C., extremo cuidado con esos detalles que tanto nos estresan a los celiacos, cocina separada, freidora aparte y postres.
Nos sentamos en una mesa y pedimos unos pescado plancha (creo que es el único sitio en donde me atrevo a pedir planchas) lechuga y agüita para beber. Cuando miro a la mesa de al lado veo un par de cervezas Daura, bolsitas de piquitos y pan sin gluten, y no me pude contener ¡Me saltó el Dar Vader que llevo dentro!
- Mira al celiaco ahí, tan feliz, comiendo sus pescaitos malagueños rebozados en harina de garbanzo refinada. Y ya va por la segunda cerveza sin gluten con todo el descaro. Y míralo, venga a comer piquitos y seguro que hasta mojeteará el pan en la salsas con toda la gula del mundo y sin esconderse – en medio de todo este incendiario monólogo interior, llega el camarero a tomar nota de los postres a la mesa del celiaco, me palpita el ojo y sigo con la retahíla - ¡Claro, postres también! Ale, azúcar y lácteos, claroooo ¡Cómo sólo eres celiaco y aquí hay postres sin gluten! - a partir de aquí ya se me estaba yendo la pinza del todo - ¡Mi tesoro, mi dieta celiaca! ¡Mi tesoro, mi tesoro, mi dieta celiaca! ¡Mitesorooooooooo!

Entonces mi marido me llama la atención y me pregunta todo extrañado qué hago, porque llevo un buen rato abstraída mirando a no sé sabe dónde y poniendo caras raras. Toda crispada, tal que si hablara de un asesino en serie le respondo bajito y arrastrando las sílabas - Hay un celiaco en la mesa de al lado ¡Estoy envidiando al celiaco!
- ¿De verdad estás sintiendo envidia de un celiaco? - pregunta todo incrédulo.
- ¡Si! - respondo ofuscada - La envidia es el deporte nacional y yo soy muy patriota.
- Pues chica, ahora mismo te pido una cerveza sin gluten, porque el hecho de que te saltes la dieta un día, no me parece tan grave cómo que pierdas todos los puntos del karma – y puntualiza – envidiar a un celiaco quita muchísimos puntos; que vuelvas en tu próxima vida cómo cucaracha por tanta envidia celiaquil sería una pena.
- ¿Nos hemos hecho budistas y te has olvidado comentármelo? - pregunto ante tanto karma, puntos para la reencarnación y cucarachas
- Además – me dice todo resuelto y feliz obviando mi interés por nuestras nueva inclinación religiosa – Esta dieta ha sido una bendición; me alegro muchísimo.
- ¿Qué dices? - pregunto con asombro alucinado - ¡Mira que hay armas blancas en la mesa y objetos contundentes cercanos!
- Pues verás, cuando dentro de unos meses acabes con esta dieta ¡Nunca jamás volverás a reprocharle nada a la dieta celiaca! Serás la mujer más feliz del mundo mundial porque tu dieta es supervariada y maravillosa. Es cómo el cuento ese del monje que practicaba el ascetismo y el ayuno, y sólo se alimentaba muy de tarde en tarde de hierba del campo, se consideraba el hombre más bueno y humilde la tierra, hasta que un día miro hacía atrás y descubrió un monje que sólo se alimentaba de las hierbas que él iba descartando, tirando o dejando a medio comer.
- Sólo tengo dos preguntas, una ¿Puedo regodearme y ser feliz cuando acabe la dieta? Ahora me resulta del todo imposible. Y dos ¿Nos hemos hecho budistas, si o no? Porque te veo trajinando mucho con el karma, los monjes y tal.

Luego ya, de la que se iba la mesa de al lado, le pedí disculpas al Universo por haber envidiado a un pobre celiaco con tanta inquina, y según se alejaba le deseé suerte - ¡Pero anda la pechá de pan que se ha pegado el celiaco! - saltó mi Dar Vader en los interiores malmetiendo e intentando poseerme de nuevo - ¡Tú a callar! Respondí enseguida a mi lado oscuro, que a partir desde hoy vas a ir con la correa muy corta, ándate con cuidado que ahora creo que somos budistas o algo así.


Parecía increíble, pero yo he conseguido envidiar a un celiaco, y bueno, ahora que ya me he quejado de mi misma, voy a ver si averiguo algo sobre nuestras prácticas religiosas.

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