11/2/16

DOSCIENTAS AL DÍA


¿Sabes Celi? Que dicen los escritores profesionales que hay que crear hábito de escribir; al menos doscientas palabras al día. Y leer, leer, leer y leer: leer mucho.
Pues nada, vamos a ver si soy capaz de cumplir con las 200 palabras diarias, y me labro una hábito o algo parecido, en lugar de escribir a salto de mata cuando me agarra la inspiración, me dejan tiempo las obligaciones y hay una alineación de al menos cinco o seis planetas con la tierra.
Mira Celi, creo que en esto de la escrituralidad, yo empecé la casa un poco por el tejado, porque lo primero que hice fue plantearme que quería un Nobel. Luego ya estuve mirando las diferentes disciplinas, y me pareció que la que más me pegaba era literaria ¡Me veía yo con duende en el asunto! Y allá que empecé a escribir a loco, sin hábito, metodología, disciplina, ni na de na.

Eso si, escribo poco, pero en lo del leer ¡Ahí voy sobrá! Que leer si he leído, una jartá de libros de todo tipo, que te daba yo conversación sobre las grandes civilizaciones, el imperio romano y la dominación árabe que talmente parecía que me había criado encerrada en el sótano de una biblioteca quemándome las pestañas entre pergaminos; en una ocasión hice de guía cultural en el asentamiento romano de Baelo Claudia, me dejaron pasearlas y cascar cerca de una hora para un grupo, y hay que decir que se me noto mucho que babeaba de placer hablando de toito to, pero lo de que era la primera vez que visitaba ese sitio pasó total y absolutamente desapercibido.
Y lo mismo que te hablo de los imperios, si hace falta saltar a la física cuántica, saltamos, me enrelio un poquito con ella, porque yo soy de letras y el tao de la física y aledaños es más terreno de mi costilla (que él es de ciencias) pero incluso en esos resbaladizos terrenos, araño un aprobado cuántico raspado.
De literatura ni hablo que me pongo insoportable perdía y esas cosillas sólo me las aguanta La Lucy; que nos podemos tirar horas destripando una frase mientras nos pegamos buesazos, salingerazos y sipanazos* a diestro y siniestro. Es tal nuestro nivel chicharreril literario que leemos libros que no nos gustan naita na y los disfrutamos, y nos da para meses de destripe quirurjico.
Y si quieres ver cómo se me hace el culillo psicola, háblame de hormigas o etología de cánidos. O si los bichos y los perros no te van mucho, pues de agricultura, biología, sociología, psicología, nutrición, o de lo que sea que seguro que he leído algo sobre ese loquesea.

Que dirán ustedes que cuando salen aquí los celiacos, que fueraparte de presumir de culta e instruida (¡Menudo fardazo sobrao me he pegado! ¿Eh?), no se ha mencionado ni una vez el gluten. Tranquilos ya vamos; que esto no es sólo para que lean ustedes, que también es para hacerme mi terapia celiaca y ahorrarme pasta en psiquiatras.

El caso es que la gente que me rodeaba solían catalogarme de enciclopedia andante, y digo solían en pasado, porque unos pocos años antes de que me diagnosticaran la EC, comencé a notar que mi memoria fallaba levemente en temas sobre los que tenía mucho dominio, o a veces me resultaba difícil usar palabras concretas en ciertas conversaciones en dónde necesitaba precisar, palabras que para mí eran habituales, pero que no me salían así me implosionaran todas las neuronas.
En aquel momento no le dí importancia, y lo justifique con el estres, las prisas, pachucherío, un mal día; amos, lo que se conoce en general cómo la vida y sus vaivenes.
Cuando me diagnosticaron y comencé a hacer la dieta sin gluten (correctamente claro) esperaba que esa falta de memoria mejorara ¡Mentira cochina! Esperaba que desapareciera y volver a ser la enciclopedia de siempre. Pero esa breva no cayó, cómo tampoco cayó la de dejar de sentirme agotada, la falta de concentración, y otras cuantas más que La Celi puñeterilla se ha quedado porque si; porque ella (mi celiaquía: mi Celi) es así de chula y me coge mis cosas sin preguntar y casi nunca me las devuelve.

Así que ahora lo máximo que logro parecer es lista del montón tirando a listilla (con algunas actuaciones estelares en donde mi antiguo yo de cátedra y mención especial me surge de los adentros profundos sin saber cómo), pero en general, hago cada papelón de lerda cuando confundo una información con otra o me enrelio usando mal palabras cultas, que cualquier día me encierran por maltrato obsceno con alevosía al conocimiento y la lingüística.

Mira Celi, sólo me estás dejando un tema para estar horas hablando de él y seguir pareciendo la enciclopedia culta e instruida de antaño: enfermedades autoinmunes con mención especial a las intolerancias alimentarias, o cualquier asunto cercano o lejano a ellas. Cómo es una temática sobre la que leo y me informo continuamente, no le da tiempo a La Celi a perdérmelo por ahí.
Y vale, lo acepto, acepto que las cosas no sean cómo antes ¡Envejecer es hacer limpieza! Que decía Ernest Junger, no es la limpieza que yo había planeado pero lo acepto, no me importa parecer una lerda si al menos me manejo en un tema en concreto con soltura ¿Qué ha de ser la celiaquía? Pues que sea ella; lo acepto, no voy a decir que lo haga con gusto, eso si que no, pero transijo.
Tengo en ese terreno historia, biología, sociología, surrealismo (a raudales), psicología, botánica (¡No imagináis lo interesante que es la genética de los cereales!), nutrición, cocina y un largo etc. de ramas relacionadas con el asunto: vale, sólo un tema ¡Llámame K, Celia K.!

¿Sabes cual es mi triste pena Celi? Pues que el tema celiaco y de enfermedades autoinmunes no es muy popular que digamos, que no es cómo el Walking Dead ese, el furbor o la piratería politica, que en cualquier charla lo cuelas y echas un rato la mar de agusto. Y cuando consigues colar el tema, el publico no se entusiasma mucho y enseguida te miran raro y tal (y a La Lucy la tengo ya tan achicharrada que el día menos pensado la hacen de Hija Adoptiva de Los Celiacos y se la llevan pol mundo a dar conferencias para adiestrar a familiares y amigos de celiacos), y claro, yo tengo ahí una pechá muy grande de cosas que no las puedo compartir de charleta con nadie.
Así que escúchame bien Celi: por el bien de nuestra relación, por mi salud mental y por los niños – vale vale, no me pongas caras raras; no tenemos niños, pero esa frase siempre produce una gran carga dramática, y aunque sea una tímida patalógica, hay una pequeña vena de actriz dentro de mí que de vez en cuanto se me escapa – por lo poquito que me queda de lista, por favor Celi, mira a ver si me dejas coger hábito para al menos escribir doscientas palabras al día. A ver si nos descubre una editorial celiaca y nos publica un libro ¡Qué lo difícil es publicar el primer libro! A partir de ahí lo de ganar el Nobel son cuatro letras, dos patadas y un par de comas bien puestas (otra cosa no, pero positivona soy un rato ¡Ruego me lo valoren!)
- Me lo pensaré – dijo La Celi asintiendo con solemnidad.
- ¿Sabes Celi? Borges** decía que el rio más largo del mundo coge, todo él, en la palabra Nilo. A lo mejor no hace falta que sean tantas palabras todos los días.
- ¡Puñetera eres!
- ¡Yo también te quiero Celi!


* Emilio Bueso, Salinger y Óscar Sipán son algunos de los autores que adoramos y que salen en nuestra conversación tal que si fueran de la familia; son cómo nuestros maridos literarios. Y para que no me riña La Lucy, aclaro: Salinger (por el momento) sólo es adorado por ella; es un trauma muy grande el que tiene la pobre mujer conmigo y Salinger.
** Creo que es de Borges, pero son de esas cosas que La Celi me esconde y lo mismo es de otro grande.

4/2/16

EXPECTACIÓN CELIACA

Soy agricultora celiaca y cultivos cítricos ecológicos. Ya sé que no hacía matizar que era celiaca, y hasta he estado a puntito de decir que mis cítricos no tienen gluten en plan garbanzos del Mercadona, pero mi realidad se mueve entorno a la celiaquía, y si, La Celi (mi Celi puñeterilla que me acompaña a todos los lados) también influye en mi trabajo.

Por ejemplo, en verano, en uno de esos días que recogen la naranja a 40 y pico grados y llega la hora de comer, hago limonada fresquita y se la suelo llevar a los recogedores.
A lo largo de 20 años he visto cómo las cuadrillas de recogedores de fruta han ido variando de nacionalidad; desde la fría Rusia de los 90 que nos dejó hasta un par físicos hablando cuatro idiomas y recogiendo mandarinas, pasando por todas las nacionalidades de países del este y africanas, hasta los años de crisis que nos llevó de nuevo al español y a reencontrarnos con gente del pueblo que se había estrellado en la construcción, desde entonces, ha llovido mucho y se han hablado muchas lenguas entre mis árboles.
Por fortuna para mi Celi, desde que ella llegó años ha, todos los recogedores son de por aquí cerca, así que, cuando les arrimo limonada o refrescos, y me ofrecen sentarme y compartir un trozo de salchichón, les explico que soy celiaca y que no puedo comer de casi nada porque me pongo muy enferma.
Los primeros tiempos con La Celi daba más explicaciones de lo que era el gluten y los cereales y tal (que acababa pareciendo Jesús predicando en el monte de los cítricos), pero era para peor porque la gente se me liaba y terminaban por mirarme raro (con ese gesto tan peculiar de “pareces un poco tocadilla del ala y sospechamos que se te está yendo la pinza un pelín”).
Con la sentencia de “soy celiaca y no puedo comer de casi nada” cómo nadie tiene claro que es la EC., y les da un poquito de vergüenza preguntar, puedo rechazar alimentos sin ofender y sin resultar altanera, y así, en lugar de parecer una zumbada de la comida, tan sólo resulto misteriosa; misteriosa tocadilla del ala y con la pinza desviada.

En la última campaña de cítricos, después de uno de esos días de sube, baja, correveydile, anota, habla por teléfono, cuenta, pesa, etc. A las 8 de la noche, mi marido y yo caímos en que la nevera y alacena estaban tiesas porque llevábamos no sé cuantos días con el mismo plan, así que salimos corriendo al supermercado ese de Allihaydetodoparalosceliacos.
Llegamos a toda pastilla, enchufamos la moneda al carro y nos pusimos a hacer spring por los pasillos. Y la gente nos miraba raro, al principio no le presté atención porque tenía media hora para hacer la compra, tempus fugit, pero si algo reconozco son las miradas raras (merced a la celiaquía las he ido catalogando todas). Miro a mi costilla y veo que él no tiene nada raro, ok, no es él, así que soy yo. Me miro, pero no me veo nada anormal, y por si acaso le pregunto a él.
- ¿Tú me ves algo raro? ¿Tengo algo en la cara? ¿Me ha salido alguna protuberancia en la espalda o algo así?
- Pues no - me responde tras echarme un vistazo de arriba a abajo - estás cómo siempre.
- Pues la gente nos mira – le replico toda intrigada – y yo tampoco te veo nada que pueda llamar la atención, pero nos miran.
- ¡Entonces va a ser porque somos guapos! - me dice muy satisfecho.
- Perdona Brad Pitt, ese tren me da que pasó hace un rato, pero puedes llamarme Angelina si te hace ilu. Yo creo - le digo muy seria mientras sigo con mi runrún – que me miran porque soy celiaca, que los celiacos levantamos muchas expectación – aclaro con la fingida humildad de una estrella de Hollywood – somos exóticos a nivel alimenticio.
- Perdona mi ferroviaria Angelina, ese tren ni siquiera ha salido de la estación ¿Los celiacos levantando expectación?
- ¡Si, y mucha! - yo erre que erre, ya que me he subido a la burra, no me voy a bajar tan fácil - eso sí, para la expectación necesitamos una mesa de por medio o un sarao con comida - aclaro mientras mientras meneo una berenjena en plan magistrado del Tribunal supremo con su mazo - ¡Si es que me discutes por discutir! - cómo el reponedor de verdura anda por allí me contengo de pegar un berenjenazo en el peso en plan sentencia, pero a puntito estuve.
- ¡Qué no, qué no cuela! Dime una sola ocasión en la que hayas levantado expectación celiaca.
Me quedo pensando un segundo y me viene a la mente el último gran sarao familiar; la boda de mi sobrino Pablito (Pablito se está quedando calvo y echando la barriguilla de la edad, pero siempre será sobrinito)
- ¡La boda de Pablito! ¿O me lo vas a negar? - pregunta con nivel de chulería aproximándose al 99% - que estaban los camareros de la parrilla allí, todos nerviosos a la aparición del celiaco.
- ¿Y no sería que esperaban a un señor madurito y cuando dijiste a los de la parrilla que tú eras el celiaco (en masculino) se pensaron que eras un transexual monísimo?
-Es que iba monisima, que lo uno no quita lo otro. Son cosas que pasan al usar el pronombre masculino cómo genérico ¡Pero expectación celiaca y caras de asombro hubo una jartá! Al menos hasta que me contaminé y me tuve que ir.
- No sé que decirte de tu expectación celiaca, pero ahora si sé por qué nos miran; llevamos 5 minutos haciendo mimo, tú con la berenjena y yo con el racimo de plátanos. Vamos a acabar la compra.

Cuando llegamos a casa, nos ponemos a descargar las bolsas y una sobrina que anda por aquí me saluda y pregunta si venimos de hacer la compra.
- ¿Habéis ido con esas pintas? - pregunta la sobrina conteniendo la risa.
Me quedo un poco ojiplática, miro a mi costilla y a mí alternativamente y reconozco que conjuntar, no nos conjuntamos mucho. Él lleva unos pantalones escurridos y machacados de un color indefinible, con estampados de tierra, hierbas y aceite de motores varios, la camiseta no sale mejor parada que el pantalón y se podría jurar que esa prenda jamás fue nueva o moderna; al menos no desde el paleolítico.
Mi atuendo va a juego con el de mi marido; pantalón de colorines imposibles y dibujos fractales que provocarían desprendimientos de retina en masa en los carnavales de Cádiz, camiseta que inicialmente era rosa fosforito y ahora se ha convertido en un color nuevo que no existe en la tabla de colores, y sandalias de margaritas con calcetines que se aproximan al verde sin llegar a conseguirlo (ponerse calcetines con las sandalias es la gran joya de la importación guiri, y lo recomiendo con entusiasmo). Fuera parte de que ambos llevamos pegadas hierbas de esas cuyas semillas hay que sacar con bisturí y alguna que otra hoja por el pelo.
- Pues tu tía empeñada en que nos miraban por expectación celiaca – le dice mi marido a la sobrina con retintín – menuda chicharrera le ha dado en el super.
- No Tita no - me responde la sobrina – no era expectación celiaca; es por el atentado de lesa majestad al decoro y el estilismo.
- Si ya, atentados estilísticos, pero si se lo ponen cuatro modelos famélicas de Desigual entonces es moda ¡Que sepáis que esto lo voy a contar en internet! Y se titulara “Expectación celiaca” ¡Ea!


Y bueno, ya lo he cascado.