Desde que su amante celiaca lo había
abandonado, recorría los restaurantes con menús especiales para
celiacos trayéndola en cada bocado. Buscaba de reojo las cervezas
sin gluten en las mesas de otros comensales estrechando más su
conexión con ella. Se afrentaba con el mundo y los camareros cuando
por descuido le ponían pan normal o se equivocaban con la cerveza.
Se prohibía añorar cualquier vianda con férrea disciplina y
trataba los aromas prohibidos con frío desapego emocional, no le
salía de forma tan natural cómo a ella, pero aprendió a educar su
mente.
Visitaba médicos con dolencias poco
concretas e inventadas para decirles, cuando ya le extendían una
receta, que tenía un problema con la celiquía y ver cómo
consultaban fastidiados el vademecum sintiéndola intensamente.
Inmediatamente se dirigía a las farmacias, les pedía que
comprobaran que el medicamento no tenía gluten y casi notaba su
presencia incorporea tomar forma cuando empezaban a consultar
recetas, mirar el ordenador y acababan llamando al fabricante.
Se extasiaba yendo a comprar
pintalabios y maquillajes. Desquiciaba a las vendedoras diciéndoles
que eran para su amante celiaca, daba largas explicaciones sobre que
tal o cual producto que era de base de gluten, contenía trigo, avena
o cebada y al final nunca los adquiría aludiendo que no estaba
seguro y ante la duda prefería no arriesgarse, no era una cuestión
de ahorrar dinero, consideraba que si no era seguro no debía
adquirirlos y casi notaba el hombro de ella rozando con el suyo
cuando se marchaba cabizbajo y decepcionado por no haber podido
comprar cosméticos a su amante cealica.
Mataba la añoranza de la amante con
ausencia de gluten; fue lo único que se dejó al marcharse; una
severa intolerancia a la ausencia de su celiaquía.